Publicado: 6 abril 2021 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
Por Alejandro Mege Valdebenito
“La infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas.”
Daniel Goleman.
Que la dimensión emocional es una condición necesaria en el aprendizaje, ha sido una materia ampliamente estudiada y difundida, sin embargo aún no ha sido incorporada de manera efectiva y sistemática en el quehacer educacional, deficiencia que ha ido cobrando mayor relevancia por efectos de la pandemia sanitaria donde el confinamiento de los escolares en sus hogares y la educación telemática, puso distancia física y emocional entre alumnos y profesores, aislando el efecto humano de la educación presencial, donde las emociones son esenciales en la socialización y la interacción de los alumnos con sus pares y sus profesores, lo que ha tenido un evidente impacto en el retraso del aprendizaje y la formación integral dejando en evidencia cuán importante resulta la relación afectiva cara a cara entre alumnos y sus profesores, donde se expresan de manera concreta y cercana los afectos y el interés que media, orienta y fortalece el proceso de enseñar y aprender.
Como resultado de la revolución educativa donde, especialmente la teoría de las inteligencias múltiples, se destacó el rol de las emociones como uno de los aspectos fundamentales en la formación integral de los estudiantes, quedando en evidencia que el verdadero acto educativo solo es posible cuando interactúan lo cognitivo y lo emocional, constituyendo el equilibrio de ambos el factor aglutinante que permite edificar la personalidad del individuo, siendo la emoción la “toma de consciencia del ser humano”.
Dentro del proceso educativo ha primado la atención en los aspectos cognitivos sobre los emocionales, condicionando a los profesores a poner su atención en los primeros por cuestiones administrativas y financieras, más que pedagógicas; exigiendo al sistema educativo rendimientos cuantitativos más que cualitativos, en una competencia por la obtención de puntajes en un ranking nacional que certifica la “calidad” del aprendizaje, independiente de las condiciones en que se obtenga y cuyos resultados son utilizados para clasificar a los establecimientos educacionales como buenos, regulares y malos (el semáforo educativo) incluso para calificar el trabajo profesional docente y su estabilidad laboral, dejando en un segundo o tercer plano la atención de los factores emocionales, incluso considerándolos como elementos separados, desconociendo el impacto de la emocionalidad en los resultados educativos.
En el éxito educativo del estudiante es importante la imagen que tenga de sí mismo, lo que está unido a sus emociones y sentimientos que dependen de su relación y del trato que recibe de parte de sus profesores, donde la imagen que el profesor tenga de sí también influye sobre las emociones de los alumnos. De ahí que el autocontrol y el reconocimiento de la importancia de las emociones en el proceso educativo por parte del profesor es un factor que las investigaciones y las múltiples experiencias reconocen como fundamentales.
En un reciente estudio realizado por Educación 2020 los profesores encuestados reconocieron que en contexto de la pandemia “el acompañamiento emocional a los/as estudiantes es más importante que la enseñanza de contenidos”. A su vez, los estudiantes reconocieron que emociones como aburrimiento, ansiedad, molestia, frustración y estrés eran los sentimientos negativos que más experimentaban. Solo un 2,6 % de los estudiantes expresaron ser “felices por estar en casa”. A su vez los apoderado reportan que les ha resultado difícil acompañar emocionalmente a sus hijos, situación que ha sido más complicada en el grupo socioeconómico más bajo.
Resulta entonces, que el factor emocional en la educación es una tarea que ni la familia ni el profesor pueden dejar de considerar.
Fuente:
https://www.latribuna.cl/opinion/2021/04/06/la-importancia-de-las-emociones-en-la-educacion.html
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