Publicado: 15 septiembre 2025 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
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Por som360.org
Debemos entender que muchas veces las causas y las consecuencias del mal uso de las tecnologías pueden coincidir. Entre estas causas/repercusiones, podemos destacar:
Adicciones comportamentales
¿Qué son las adicciones comportamentales y cuál es su relación con el entorno digital? ¿Qué diferencia hay entre sobreutilización, uso problemático y adicción a las tecnologías? ¿Qué podemos hacer para su prevención desde el ámbito educativo, familiar y social? ¿Qué tratamiento es el más adecuado en estos casos?
Este documento responde a estas y a otras preguntas que nos podemos formular cuando hablamos de adicciones comportamentales que, en el caso de los niños y adolescentes, se producen en la mayoría de los casos en entornos digitales. La utilización de dispositivos móviles e Internet tiene muchos aspectos positivos, pero también muchos retos que debemos afrontar como sociedad.
¿Qué son las adicciones comportamentales?
Hasta hace unas décadas sólo se relacionaba el concepto de adicción con el consumo de drogas, pero en los últimos años han empezado a ser objeto de estudio y de demanda en las consultas clínicas las adicciones que no implican la ingesta de sustancias psicoactivas, como, por ejemplo:
Todas estas adicciones se alojan bajo el nombre de adicciones comportamentales (AC). En principio, son actividades humanas generalmente placenteras e inocuas, pero que, en función del uso, y en ciertas circunstancias, pueden llegar a generar:
Según algunos clínicos e investigadores, los problemas que generan en la persona este tipo de adicciones son semejantes a los de los trastornos por uso o abuso de sustancias (TUS):
Aunque la demanda de tratamiento cada vez es más frecuente en las consultas clínicas, el principal manual diagnóstico de los trastornos de salud mental (DSM-5) solo reconoce como tales el trastorno de juego (con apuestas) y la adición a los videojuegos en línea (Ver capítulo 1 de este documento).
Cabe destacar que, aunque existe apoyo por parte de la comunidad científica en cuanto a la existencia de las adicciones comportamentales, actualmente sigue abierto un debate respecto a algunos aspectos, como por ejemplo, que la generalización en el uso de este concepto puede conducir a una sobrepatologización de las actividades diarias que se realizan en exceso. Así, existen dos elementos clave para poder considerar una conducta como patológica y, por tanto, como un trastorno:
Señales de alarma de la adicción comportamental
Generalmente, la instauración de la adicción es un proceso más o menos gradual que va desde los primeros contactos esporádicos, donde la persona experimenta aspectos placenteros que promueven su repetición (reforzador positivo) hasta la necesidad de realizar la conducta una y otra vez con el fin de aliviar el malestar (reforzador negativo).
También es importante tener en cuenta el momento evolutivo en la valoración. Pues en algunos momentos, de manera natural, se dan cambios en las relaciones con iguales y con la familia e, incluso, en las rutinas diarias, como los hábitos de sueño, por ejemplo. En este sentido, en los momentos iniciales de cualquier proceso, puede ser difícil diferenciar entre la conducta adolescente normal y la que está provocada por una adicción incipiente.
Así pues, las señales de alarma, en este caso, son pequeños cambios que el adolescente va incorporando de forma sutil pero continua y que, en un determinado momento, pasan de ser poco habituales y justificables, tanto para él como para su entorno, a no serlo. Algunos de estos indicadores, que deben presentarse de manera recurrente y sostenida en el tiempo, son:
Para poder detectar estas señales, nos podemos formular las siguientes preguntas:
Tratamiento y recuperación
El origen multicausal de las adicciones comportamentales y las diferentes áreas y aspectos que afectan requieren plantear una intervención de la problemática desde una perspectiva integral e integradora, contemplando los aspectos biológicos, psicológicos y sociales.
La intervención con adolescentes, en plena maduración cerebral y proceso de cambio (identidad, relaciones, personalidad…) precisa tener en cuenta las posibles fluctuaciones que durante la intervención puedan producirse, tanto por el propio proceso madurativo del adolescente como por los cambios que nuestra intervención pueda propiciar en él. Por lo tanto, el tratamiento con adolescentes debe ser un proceso integral, dinámico, flexible, continuado en el tiempo e individualizado.
Normalmente, los adolescentes llegan obligados, principalmente por los padres, a los recursos de tratamiento; sin una demanda propia, con poca conciencia de enfermedad, con baja percepción del riesgo asociado a la conducta adictiva y con poca motivación al cambio. Para facilitar progresivamente la conciencia del trastorno y de su gravedad, inicialmente podemos partir de una «adaptación» a la demanda y objetivos del adolescente. Para conseguir los objetivos es importante establecer una buena vinculación y alianza terapéutica con él o ella y con su familia, haciendo uso de diferentes técnicas, entre las que destacan las estrategias motivacionales.
En algunos casos, la adicción comportamental es una estrategia de afrontamiento no adaptativa para no resolver limitaciones o carencias de uno mismo o situaciones vitales problemáticas o traumáticas.
Hay que tener en cuenta que, en muchas ocasiones, la conducta adictiva es la punta del iceberg, es lo que se ve como problema, como síntoma, pero que precisamente está eclipsando otras problemáticas a resolver. En algunos casos, la adicción comportamental es una estrategia de afrontamiento no adaptativa para no resolver limitaciones o carencias de uno mismo o situaciones vitales problemáticas o traumáticas.
Por lo tanto, aunque el eje del tratamiento es la conducta adictiva, se requiere intervenir también en todos aquellos aspectos, problemas o patologías concomitantes que están implicados en el origen o mantenimiento de la conducta. El objetivo es abordar el problema en su globalidad, atendiendo todos los factores implicados en el inicio, evolución y mejora, y con el planteamiento final de mejorar el funcionamiento de todas las áreas de la vida diaria, que permita una buena salud mental y el bienestar emocional de los adolescentes.
El objetivo terapéutico de las adicciones comportamentales (a excepción del juego patológico), a diferencia de las adicciones a sustancias donde el objetivo es la abstinencia, es el reaprendizaje y la adquisición de un patrón adaptativo de las conductas. Hablamos de conductas (uso de las pantallas, sexo, trabajo, compras…) que, en sí mismas, no son tóxicas y que no es adaptativo dejar de realizarlas, sino que deben poder establecerse como hábitos saludables.
El objetivo es el reaprendizaje y la adquisición de un patrón adaptativo de las conductas, que deben poder establecerse como hábitos saludables
Para un diagnóstico y tratamiento adecuados se requiere una evaluación psicopatológica detallada de la persona analizando aspectos como:
En función de la exploración biopsicosocial debe realizarse un plan de intervención individualizado, que se consensuará con el o la adolescente y su familia.
Independientemente del diagnóstico de adicción comportamental, si la conducta problemática que presenta el adolescente está causando malestar y afectando en las diferentes áreas de su vida, es imprescindible intervenir para evitar que la situación empeore.
No hay evidencia científica clara de cuáles son los mejores tratamientos. Los modelos psicoterapéuticos integradores permiten utilizar técnicas de diferentes modelos, en función del perfil de la persona afectada y de los objetivos que se estén persiguiendo en cada momento del proceso, teniendo en cuenta las variables de riesgo y la comorbilidad. Se tiende a combinar estrategias de orientación cognitivo-conductual, estrategias motivacionales, estrategias de regulación emocional y estrategias de terapia familiar. También se puede combinar con tratamiento psicofarmacológico para el tratamiento de la sintomatología asociada (ansiedad, depresión, trastorno por hiperactividad y déficit de atención…).
Es indispensable trabajar con la familia (o tutores legales), abordando tanto el impacto que la conducta adictiva tiene en la familia como las dinámicas familiares
El tratamiento va dirigido a:
En el caso de presencia de patología dual (trastorno adictivo y trastorno mental), la alternativa más eficaz de tratamiento es el enfoque integrado que identifique, evalúe y trate ambos trastornos. Los casos con patología dual son casos de alta complejidad, de peor pronóstico y requieren tratamientos más flexibles, intensivos y de larga duración.
Es indispensable trabajar con la familia (o tutores legales) como objetivo de la intervención y como agente terapéutico, abordando tanto el impacto que la conducta adictiva tiene en la familia como las dinámicas familiares que influyen en la evolución de la conducta adictiva. Y fomentando una parentalidad positiva que promueva vínculos afectivos sanos, protectores y estables que permitan establecer unas relaciones familiares sanas.
También hay que trabajar con el entorno educativo y social próximo de los adolescentes, con el objetivo de favorecer o recuperar su desarrollo personal en estos ámbitos, que les permita sentirse integrados en su entorno comunitario.
Patologías asociadas a las adicciones comportamentales
Cuando la adicción se da junto a otro trastorno mental hablamos de patología dual, muy frecuente en las adicciones comportamentales. Por poner un ejemplo, hay estudios que dicen que hasta el 86% de los casos de trastorno por videojuegos cumplirían criterios para otro diagnóstico de salud mental. Las comorbilidades (patologías que se dan a la vez) que encontramos de manera más habitual junto a las adicciones comportamentales son los trastornos afectivos como la depresión, los trastornos de ansiedad (que puede ser más generalizada o específica, una muy frecuente es la ansiedad social o escolar), el TDAH, los trastornos de conducta o el trastorno del espectro del autismo (TEA).
Además de darse junto a otros trastornos mentales, las adicciones comportamentales en adolescentes se relacionan con otros problemas psicológicos como el insomnio, el estrés, la hostilidad, las autolesiones o los déficits en habilidades sociales. Así como el bajo rendimiento escolar y las relaciones familiares problemáticas.
Es importante resaltar que la adolescencia es un periodo clave de desarrollo de las habilidades sociales, y el uso excesivo de pantallas puede generar una disminución de interacciones presenciales, haciendo que los jóvenes acaben siendo menos habilidosos socialmente por una falta de práctica real. Con lo cual, aumentan sus temores respecto a las relaciones y tienden a evitarlas, y se acaba desarrollando una especie de «círculo vicioso» donde no se relacionan porque no se sienten seguros y no adquieren seguridad en relacionarse porque no practican. La soledad es un factor clave para las adicciones comportamentales y para la mayoría de patologías asociadas, por lo que es conveniente tenerla en cuenta tanto en la detección del trastorno como en su prevención y tratamiento, asegurando herramientas para mejorar las habilidades sociales y oportunidades para desarrollarlas.
Se relacionan con otros problemas psicológicos como el insomnio, el estrés, la hostilidad, las autolesiones o los déficits en habilidades sociales, y con un bajo rendimiento escolar y relaciones familiares problemáticas.
Por otro lado, se ha demostrado que puede ocasionar posibles consecuencias, sobre todo en población vulnerable, tanto a nivel físico y psicológico, como en el ámbito social, económico y legal.
La relación con el entorno digital: contexto, preocupaciones y problemáticas
En las últimas décadas, la generalización de las tecnologías digitales ha producido grandes cambios en la sociedad, y su rápida incorporación a la vida diaria ha implicado una revolución en la forma en que nos comportamos. Esta conectividad ha condicionado nuestra manera de presentarnos socialmente y relacionarnos, así como el procesamiento de la información, la memorización, los procesos de aprendizaje e, incluso, los mecanismos clásicos de participación con nuestro entorno. Una de las máximas preocupaciones se centra en el impacto que toda esta realidad ha generado en el colectivo infantil y juvenil.
Si bien en años anteriores el uso de estas tecnologías se asociaba a los dispositivos y a la tenencia de perfiles en redes sociales digitales como rito de paso a la adolescencia –que, a la vez, coincidía con la entrada a secundaria–, su uso es cada vez más precoz y forma parte de la cotidianidad de niños y niñas. Esta generación convive con los dispositivos como objetos integrados desde el minuto cero de sus vidas. De este modo, un teléfono inteligente (smartphone) o la propia conexión a Internet se convierten en un mecanismo cotidiano, que les aporta una lógica complementaria del mundo físico y presencial. También se observan diferencias respecto al género: en el caso masculino, el uso de las pantallas se asocia a actividades lúdicas, y en el femenino, con su función relacional y conversacional.
Los niños, niñas y adolescentes utilizan dispositivos tecnológicos muy potentes, preferentemente portátiles, y siempre con conectividad, que, simultáneamente, son multifuncionales: conversación, almacenamiento de imágenes, agenda y organización, juegos, mensajería, tareas escolares, etc. Y, pese a que el mercado es muy dinámico e impone constantemente nuevas fórmulas, existen aplicaciones «estrella»: Instagram, Tik-Tok y Youtube han acabado imponiéndose como canales habituales. Por otro lado, están permanentemente conectados (24 horas al día, siete días a la semana). Por ello, en época de hiperconectividad imprescindible, uno de los retos profesionales debe ser definir la desconexión y la disponibilidad.
Un teléfono inteligente o la propia conexión a Internet se convierten en un mecanismo cotidiano, que les aporta una lógica complementaria del mundo físico y presencial.
Así pues, se conforman nuevas dimensiones (nuevas formas de conocimiento), se construyen tendencias y nuevas influencias (de mercado, profesionales, referenciales, etc.) y se convierten en nuevos «receptáculos» (de malestares, de gestión del tiempo, etc.) y se crean nuevas fuentes de relación, diversión y gestión de lo cotidiano (con todas sus derivadas). A medida que la edad avanza, en su construcción como personas, la digitalidad «cumple» diferentes funciones: existir (existo); participar (grupal y socialmente); informarse (enterarse y descubrir); relacionarse (interaccionan); reconocerse (haciendo likes, entre otras posibilidades) y ser reconocidos (haciéndonos likes, validándonos). En este relato, ellos y ellas mismas se cuentan (narran) y se convierten en autores y protagonistas de sus vidas.
Paralelamente, la posibilidad de hacer varias cosas al mismo tiempo se vive desde la normalidad. Por ejemplo, estudiar mientras se consulta el móvil. Pese a esta supuesta capacidad multitarea, no se debe confundir la agilidad en el cambio de tarea con la capacidad de atención profunda.
Las edades que comprenden la infancia y adolescencia son períodos fundamentales en la maduración y en la evolución de las personas. Estos ciclos vitales tienen una especial vulnerabilidad para el desarrollo de problemas adictivos, tanto a sustancias como comportamentales.
El debate en relación a la utilización de las tecnologías digitales, cuáles son las problemáticas que conllevan y cómo abordarlas, es vigente y genera preocupación en la sociedad. ¿Utilizamos estos dispositivos como es debido? ¿Todos los cambios producidos en la conducta entran en el rango de la normalidad? ¿Qué entendemos como un uso normal, un mal uso o un uso excesivo o problemático?
En este sentido, se ha observado un aumento de las consecuencias negativas y problemáticas asociadas al uso excesivo de algunas aplicaciones: malestar emocional, aislamiento en el domicilio o la presencia de otras conductas de riesgo. En la práctica clínica, en los servicios de salud mental infantojuvenil se ha detectado un aumento progresivo de demandas de tratamiento por el uso abusivo de estos entornos (sin tener claro si el problema reside en los dispositivos, en las redes sociales, en los videojuegos, etc.). Las preocupaciones profesionales más recurrentes son:
A modo de resumen estas preocupaciones se podrían agrupar cinco categorías:
El trastorno de adicción vinculado a Internet es un tema complejo. Si bien es cierto que existen numerosos ejemplos de uso problemático (en cuanto a dependencia, principalmente), todavía hay diferentes perspectivas sobre lo que es o no un comportamiento adictivo asociado a su uso. Existe cierto consenso con conceptos tales como sobreutilización, adicción o dependencia, pero se debe profundizar en torno a si estos problemas se convierten en causa o síntoma de un trastorno de base.
Aunque socialmente se convive con discursos que pivotan entre la normalización absoluta y la relación patológica –ni todos los excesos acaban en una adicción, ni todas las adicción tienen que ver, exclusivamente, con un uso excesivo–, en el campo profesional es donde se debe ser especialmente prudente a la hora de distinguir un uso problemático (vinculado a una sobreutilización, probablemente) de un trastorno adictivo, con indicadores claros clínicos, que en la mayoría de ocasiones aparecen comórbidos a otras problemáticas.
Existe cierto consenso con conceptos tales como sobreutilización, adicción o dependencia, pero se debe profundizar sobre si estos problemas se convierten en causa o síntoma de un trastorno de base.
Pese a la aceptación generalizada de las adicciones comportamentales por parte de la comunidad científica, sólo el trastorno de juego (con apuestas) se ha incluido en el mismo epígrafe que las adicciones a sustancias en la última versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mental DSM-5 (APA, 2013). Entre las llamadas «adicciones tecnológicas», de momento solo la adición a los videojuegos en línea (Internet gaming disorder) ha merecido la inclusión en este mismo manual, concretamente en el anexo dedicado a los «Trastornos que requieren más investigación». Por otro lado, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11)(2019), recoge por primera vez la adicción a los videojuegos (gaming disorder), en la sección sobre «trastornos mentales, del comportamiento o del desarrollo neurológico», justo después de la ludopatía (gambling disorder). De hecho, en esta conceptualización, la OMS incluyó oficialmente, el 1 de enero de 2022, el trastorno de adicción a los videojuegos en la presentación de este manual.
La evidencia explica la presencia de dos grandes perspectivas: por un lado, los trastornos exteriorizados (conductuales) o interiorizados (afectivos y relacionados con la ansiedad). De la experiencia subyace que en los vinculados con depende qué malestares el entorno digital cumple la función de «refugio» o «válvula de escape»: ansiedad social, depresión y soledad emocional emergen como grandes factores explicativos. El chico o chica utiliza internet como mecanismo de autoeficacia para compensar carencias o situaciones vividas negativamente.
Se ha observado un aumento de las consecuencias negativas y problemáticas asociadas al uso excesivo de algunas aplicaciones: malestar emocional, aislamiento en el domicilio o la presencia de otras conductas de riesgo.
Si se parte de la hipótesis que la adicción –a videojuegos, a las redes sociales, etc.– cumple diferentes criterios que la clasifican como trastorno con entidad propia, el entorno digital y el uso concreto asociado se convertiría en elemento causal para la aparición de unos problemas determinados. Paralelamente, si existe un trastorno de base que desarrolla el uso problemático de Internet, se convertiría en síntoma de otra psicopatología o problema de salud mental que lo precede (aislamiento, falta de relaciones sociales, dificultades de comunicación). No es descartable que, con el paso del tiempo, se acabe aplicando el modelo de «patología dual» (conocido en el ámbito de las adicciones a sustancias): los trastornos de salud mental y el trastorno por adicción a Internet se influyen mutuamente a lo largo de su desarrollo. Esto será especialmente importante, porque es muy probable que el síntoma termine colapsando y tomando la relevancia suficiente para tener que ser abordado por sí mismo.
Entre todo este entramado de preocupaciones, usos, problemas, etc., debe dejarse claro qué es «competencia» de un tratamiento clínico, sin olvidar su parte social y comunitaria, o bien de una intervención vinculada a un acompañamiento en clave psicoeducativa. Por ello, se parte de una propuesta que distingue tres grandes bloques de problemas:
Por un lado, la sobreutilización corresponde a aquel uso que excede en frecuencia e intensidad a lo razonablemente esperable por edad y momento. Se enmarca en una lógica mucho más conductual, episódica, donde aspectos como horarios, límites y normas son los grandes reguladores. Es más frecuente en juegos de shooting o deportes. Y normalmente se relacionan con la sensación de aburrimiento de la persona o con la relación online con las amistades conocidas.
Por otro lado, un uso problemático va ligado a un problema relacionado a una acción más determinada, no necesariamente por la cantidad de horas, sino por el impacto en la calidad de las relaciones y en la propia identidad: ciberacoso, problemas relacionales, etc.
Por último, la adicción se entiende como trastorno con entidad propia donde la función de la conexión, el tiempo destinado así como las interferencias producidas generan problemas significativos en ésta y su entorno. En este caso, la comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos está muy presente, sobre todo aquellos vinculados con el estado de ánimo y la perspectiva relacional. Muchos de estos usos deben entenderse como un síntoma que engloba un problema mucho más amplio.
Hagamos prevención: ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Entendemos por prevención aquel conjunto organizado de estrategias para anticiparse a la aparición de conductas susceptibles de generar adicción. Estas intervenciones tienen por objetivo reducir los factores de riesgo y aumentar los factores de protección frente a estas conductas.
Este objetivo se consigue mediante la aplicación de diferentes estrategias, implementadas en distintos ámbitos y en tres niveles en función de la población destinataria a la que van dirigidas:
La familia (o los referentes adultos, los tutores o el entorno con el que se convive) es un elemento clave en la educación digital de los niños, niñas y adolescentes. Educar es acompañar, conducir, dirigir, proteger… Su papel en este nuevo contexto es fundamental para acompañarlos en su viaje digital. Todo un reto que, sin embargo, comporta tiempo y dedicación.
Partimos de los valores de la parentalidad positiva. Que es, según la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, «el comportamiento de padres y madres fundamentado en el interés del menor, que cuida, desarrolla sus capacidades, no es violento y ofrece reconocimiento y orientación, que incluye el establecimiento de límites que permiten el pleno desarrollo del niño». Los padres tienen la responsabilidad fundamental de educar a sus hijos y de facilitar su desarrollo y velar por su interés, por tanto, el bienestar y el desarrollo del niño debe ser lo prioritario.
A partir de estas premisas, es recomendable:
Las emociones son reacciones subjetivas al entorno. Es importante enseñar a expresar, procesar, regular y canalizar adecuadamente las emociones en los hijos, un proceso continuo a lo largo de su desarrollo evolutivo. Toda la familia debe de aprender a expresar sus sentimientos y ser congruentes con el sentir y manera de actuar.
| La familia o los tutores son el principal entorno de aprendizaje que, junto a la escuela, constituye un ámbito esencial para la actuación preventiva. |
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Si bien la familia es el principal agente involucrado en la educación de sus hijos e hijas, la escuela y el instituto juegan un papel primordial como espacios de aprendizaje y socialización. Así pues, son espacios muy apropiados para trabajar la prevención. Podemos dar por hecho que a mayor edad del alumnado, mayor presencia de pantallas, más cuentas propias en redes sociales, más dispositivos propios y mayor acceso a Internet. Además, el entorno escolar nos permite trabajar tanto la prevención universal, como la selectiva, añadiendo un nivel de más profundización en la tarea preventiva.
Uno de los retos que pueden existir es la convivencia que hay en muchos centros con las pantallas (ordenadores, proyectores, tablets, televisiones, redes sociales propias de los centros escolares, etc.), a la vez que se prohíbe el uso de otras (teléfono móvil o consolas portátiles).
Otro de los retos consiste en los mensajes ambivalentes que puedan existir con la familia, así que la prevención escolar debería contemplar trabajar también con los referentes adultos de estos chicos y chicas, para llevar a término una propuesta de intervención completa.
La experiencia preventiva nos demuestra la necesidad de actuar desde distintos ámbitos que integran la comunidad. Y no llevar a cabo iniciativas aisladas, sino integradas en una propuesta unitaria y amplia, a través de la participación activa, la implicación y la corresponsabilidad de distintos agentes sociales, sumando esfuerzos, estableciendo una comunicación horizontal y compartiendo objetivos comunes y la definición de estrategias preventivas.
| Debemos normalizar e integrar la prevención en los diferentes ámbitos de la comunidad con una perspectiva integral y transversal. |
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Se trata de un tipo de prevención que se ha demostrado sumamente eficaz, pero al mismo tiempo, sus estrategias a menudo han resultado impopulares y con notables resistencias entre los jóvenes y diferentes colectivos. Se trata de modificar el entorno cultural, social y físico. Como establece Elisardo Becoña en La prevención ambiental en el consumo de drogas ¿Qué medidas podemos aplicar?, entre estas estrategias están:
| En el ámbito de la prevención es preciso conocer qué prácticas preventivas funcionan. Sabemos que los programas que contemplan diferentes ámbitos de la prevención dan mejores resultados. |
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Fuente: https://www.som360.org/es/hagamos-prevencion-quien-cuando-como
Fuente Imagen: Creator: Peter Dazeley / Copyright: Copyright Dazeley
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