Publicado: 26 julio 2025 a las 12:00 am
Categorías: Artículos
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Por Alberto Quilez
Porque la buena educación no se hereda ni se aprende de memoria: se contagia

De pequeño, mi madre no decía «sé listo», decía «sé educado». Y eso, aunque yo no lo entendía del todo, tenía más que ver con saber ser y estar que con saberse la tabla del siete, y mira que en esto también me insistió, pero el estudio nunca fue lo mío. En casa, «ser educado» era un modo de caminar por la vida: con respeto, con pausa, sin gritar, ni soltar portazos. Pero ahora, con la edad, me doy cuenta de que eso de «la mala educación» no solo se trata de decir «gracias» y «por favor». También tiene que ver con el lío que llevamos entre manos cuando confundimos educación con enseñanza, elegancia con estatus y modales con obediencia.
Por un lado, están los maleducados de manual: los que entran a una sala sin saludar, los que interrumpen, los que no miran a los ojos, los que se creen con derecho a todo por llevar corbata o tener muchos seguidores. Y no me malinterpreten: esto no va de tener o no tener estudios, es algo más sencillo, porque uno puede tener tres carreras y seguir siendo un patán emocional.
Por otro lado, está la mala educación del sistema. Esa que, sin mala intención, se fue olvidando de que educar no es solo enseñar contenidos. En algún punto —no sé si fue entre la reforma LOGSE y el último decreto— alguien decidió que lo importante era sacar buena nota, y lo de enseñar a pensar o a convivir… eso ya, si acaso, lo aprenderían por osmosis. Y ahí empezamos a repartir culpas como quien reparte caramelos: «La culpa es del cole», «la culpa es de los padres», «la culpa es del móvil», «la culpa es de TikTok»… Total, que al final no sabemos muy bien quién tiene que enseñar qué, ni cuándo, ni dónde y mucho menos porqué.
¿Dónde empieza y dónde acaba la educación? ¿Es cosa de casa o del aula? ¿Quién le dice a un niño que no se grita en el parque, que no se escupe por la ventana, que los chistes racistas no hacen gracia? ¿Quién le enseña a una niña que ser educada no es agachar la cabeza, sino sostener la suya con firmeza y amabilidad a partes iguales? A veces da la sensación de que hemos externalizado la educación, como si fuera Temu: que te llegue a casa, rápido y con devolución gratuita. Pero no, educar no es eso. Educar, en su significado más amplio, es cosa de todos. Y sí, hace falta una tribu. Porque un niño bien educado en casa puede desaprender en dos semanas si su entorno no acompaña. Y una niña que no encuentra modelos de elegancia —y aquí hablo de la elegancia del pensamiento, de la palabra justa, del gesto mesurado— corre el riesgo de confundir ruido con razón.
Porque eso es, al fin y al cabo, una persona educada: alguien que piensa antes de hablar, que respeta sin agachar la cabeza, que sabe cuándo retirarse y cuándo quedarse. Y una persona elegante no es quien viste bien, sino quien nunca hace sentir mal a nadie por vestir peor. Sobre elegancia y educación recomiendo leer a mi buen amigo José Carlos Ruiz.
Así que la próxima vez que veamos a alguien hablar sin escuchar, reírse de otro, colarse en la fila o humillar en nombre del ingenio, quizá no deberíamos decir «qué maleducado», sino preguntarnos: ¿dónde estaba su tribu cuando más la necesitó? Porque la buena educación no se hereda ni se aprende de memoria: se contagia. Y para eso hace falta tiempo, ejemplo y muchas ganas de ser, de verdad, personas elegantes.
Fuente: https://www.lacomarca.net/opinion/la-mala-educacion/
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