La educación no es un campo de batalla, sino un proyecto común. JORGE DOBNER

Publicado: 4 junio 2025 a las 10:00 pm

Categorías: Artículos

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Por JORGE DOBNER

En una época en la que la inteligencia artificial, las redes sociales y los cambios geopolíticos reconfiguran el mundo a velocidad vertiginosa, la educación debería ser nuestra brújula.

Sin embargo, lejos de orientarnos, muchas veces parece desorientada, perdida en reformas superficiales o atrapada en guerras políticas que desvían su propósito esencial: formar personas libres, críticas y capacitadas para construir el futuro.

El reciente ranking Global 2000 del Center for World University Rankings (CWUR) —en el que Harvard, MIT y Stanford encabezan una vez más la lista— evidencia tanto las fortalezas como las fisuras de un sistema universitario global que se encuentra en plena transformación. Aunque ocho de las diez mejores universidades siguen siendo estadounidenses, el liderazgo de EE. UU. empieza a tambalearse: solo 40 de sus universidades han mejorado su posición frente a las 264 que han descendido.

La razón es clara: recortes presupuestarios y una creciente injerencia política que amenaza la libertad académica, como se ha visto con el reciente pulso entre Harvard y la administración Trump.

En contraste, China escala posiciones gracias a su fuerte inversión estatal y a una clara estrategia nacional de captación de talento e impulso a la investigación. Europa, mientras tanto, se fragmenta: algunos países como Francia avanzan por la vía de fusiones institucionales, mientras otros —como Reino Unido, Italia o España— sufren una preocupante caída en los indicadores de calidad investigadora y educativa.

Pero el debate sobre el futuro de la educación no puede reducirse a rankings ni a presupuestos. La crisis es también —y quizá sobre todo— de sentido. Como denuncia la pedagoga sueca Inger Enkvist, la enseñanza en muchas democracias occidentales ha dejado de centrarse en la transmisión de conocimiento para priorizar otros temas, perdiendo así su núcleo: el rigor intelectual, el esfuerzo sostenido y la exigencia formativa. El resultado es un sistema que multiplica las horas lectivas pero obtiene rendimientos intelectuales pobres.

Mientras tanto, modelos como los de Singapur, Japón o Corea del Sur, basados en contenidos sólidos, disciplina y apoyo familiar, siguen dominando los informes PISA.

Este empobrecimiento de la base formativa es doblemente preocupante si tenemos en cuenta el contexto en el que viven las nuevas generaciones: saturación de pantallas, pérdida de atención, dependencia emocional de las redes sociales y un entorno que premia lo superficial por encima del pensamiento crítico.

Como advierte el filósofo José Antonio Marina, el reto ya no es solo transmitir conocimientos, sino proteger la personalidad y la autonomía frente a una cultura de la sugestión digital que diluye la individualidad. Educar hoy es, más que nunca, una cuestión de defensa.

Frente a este panorama, urge replantear el modelo educativo desde una visión integral. Recuperar las humanidades y las ciencias como ejes vertebradores de una formación sólida y universal. Revalorizar el papel del profesorado como guía intelectual, no como mero gestor emocional del aula.

Apostar por una educación libre de dogmas, ideologías y presiones gubernamentales, como ha reivindicado Harvard frente a las amenazas de censura.

E incorporar, sin caer en el utilitarismo, materias imprescindibles para el presente: desde la educación sexual y emocional, hasta la alfabetización digital, la educación financiera básica o la ética de la tecnología.

Las instituciones tienen un papel clave. No basta con sobrevivir en los rankings: deben liderar, innovar y comprometerse con una educación de calidad y sentido.

Pero también las familias deben asumir su responsabilidad, como primer espacio de formación intelectual y moral. La educación empieza en casa, y el acompañamiento familiar es insustituible.

No se trata de volver a un pasado idealizado ni de demonizar la innovación.

Se trata de recuperar lo que nunca debimos perder: la convicción de que la educación es, por encima de todo, una transmisión generosa de conocimiento, criterio y libertad.

No hay progreso sin raíces. Y si no revalorizamos la base —las letras, las ciencias, el pensamiento crítico— seguiremos edificando sobre arenas movedizas.

La buena noticia es que todavía estamos a tiempo. Pero solo si entendemos que la educación no es un campo de batalla, sino un proyecto común.

Un pacto intergeneracional, ético y estratégico. Y que, como dice José Antonio Marina, “el pensamiento reflexivo es nuestra defensa”. Lo urgente es pensar. Lo esencial, educar.

JORGE DOBNER
Editor
En Positivo

Fuente: https://www.enpositivo.com/2025/06/04/la-educacion-no-es-un-campo-de-batalla-sino-un-proyecto-comun-jorge-dobner/