La formación del profesorado es, sin duda, una pieza clave. Pero no es la única. También las familias necesitan acompañamiento, orientación y referentes claros. De lo contrario, el uso de la tecnología queda en manos del entorno familiar, sin criterios educativos, sin propósito y sin referentes éticos.

prohibición de la tecnología

La decisión

Tras más de quince años trabajando en entornos escolares, he podido comprobar que, en muchas ocasiones, las decisiones sobre la presencia o ausencia de tecnología en el aula no responden a una reflexión pedagógica profunda, sino a planteamientos preventivos o restrictivos que no siempre consideran las implicaciones formativas. Y eso resulta especialmente relevante cuando hablamos de etapas como Infantil y Primaria, donde sentamos las bases del aprendizaje autónomo, el pensamiento crítico y la alfabetización digital.

Además, el estudio de Palacios et al. (2025), confirma que la brecha en competencia digital docente no se debe únicamente a la falta de acceso a dispositivos, sino a una formación insuficiente en su aplicación pedagógica. Este déficit impacta directamente en el alumnado, generando desigualdades en su desarrollo digital y afectando la equidad educativa.

Por eso, prohibir dispositivos no puede ser la salida. Lo que necesitamos es formación, acompañamiento y criterios pedagógicos claros. Utilizar la tecnología de forma lógica, adaptada al contexto y vinculada a objetivos educativos concretos. No se trata de aumentar la exposición a las pantallas, sino de que esas pantallas, cuando se usen, tengan sentido y estén al servicio del aprendizaje.

La educación no puede renunciar a su tiempo. Si aspiramos a una escuela que forme ciudadanos capaces de habitar con sentido crítico el mundo en que vivimos, no podemos seguir actuando como si la tecnología fuese una amenaza a evitar. No se trata de suprimir, sino de educar. No se trata de prohibir, sino de enseñar a elegir.