Publicado: 6 abril 2025 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Francisco Rodriguez.
Nos preocupa el bajo rendimiento escolar pero no hablamos de que ha desaparecido del aula el espacio para el pensamiento complejo o para el sentido compartido.

Hay un olor febril, denso, como de sudor de bebé recién nacido, que nos agarra al mundo y nos recuerda por qué estamos aquí. El aroma de la fragilidad, de lo que aún puede aprender y no se da por perdido. Se parece mucho a la educación. Los economistas llenamos páginas discutiendo sobre deuda, inflación, tipos de interés o aranceles, pero se vuelve cada vez más evidente que el problema de fondo es la educación. No en el sentido limitado de la formación para el empleo, sino en su dimensión más profunda y civilizatoria como cultivo del juicio, del carácter y del criterio. La educación es el último baluarte frente a la fragmentación emocional, la polarización política y la creciente sensación de pérdida de sentido. No es casual que el desbordamiento emocional de las sociedades se traduzca en extremos políticos, desafección institucional o consumo compulsivo. Hemos preparado a los ciudadanos para producir, pero no para vivir. Les hemos preparado para competir, pero no para conversar.
Lo que está en juego es más profundo que el Producto Interior Bruto o la prima de riesgo. Estados Unidos es el espejo más nítido del colapso. Un país con los mejores campus del mundo, incapaz de garantizar pensamiento crítico en sus aulas públicas, devorado por guerras culturales en torno a qué enseñar, y donde las tasas de ansiedad y suicidio juvenil alcanzan niveles alarmantes. No hablamos solo de salud individual, sino de la base emocional y cognitiva que sostiene una democracia. Se puede tener crecimiento económico y decadencia moral al mismo tiempo.
En España repetimos el patrón con otros nombres y otros silencios. Nos preocupan -con razón- el bajo rendimiento escolar o el abandono temprano, pero hablamos poco de cómo ha desaparecido del aula el espacio para el pensamiento complejo, para el esfuerzo sostenido o para el sentido compartido. El informe PISA nos dice, por ejemplo, que nuestros adolescentes leen peor, pero no mide la ansiedad con la que lo hacen ni la soledad con la que atraviesan el sistema. Preparamos ciudadanos técnicamente competentes, pero que son emocionalmente frágiles, desconectados del propósito común. No enseñamos a pensar, enseñamos a rendir.
Y como parche a esa fragilidad creciente, proliferan los departamentos de orientación y los psicólogos escolares, no siempre con el mejor enfoque. A menudo se convierten en un mercado de diagnósticos más que en un espacio de acompañamiento real. En algunos centros se incentiva, ya sea de forma directa o indirecta, la clasificación de alumnos como casos especiales porque se reciben más recursos por ello. Lo que debería ser una red de sostén emocional se convierte entonces en una lógica perversa, donde lo que importa no es el bienestar del alumno, sino la categoría en la que se le pueda inscribir. Más que afrontar problemas, se gestionan etiquetas. Las implicaciones económicas son profundas. En España, la inversión sigue siendo insuficiente para abordar los desafíos actuales y futuros. Además, la tasa de abandono escolar temprano, aunque ha disminuido al 13%, sigue siendo una de las más altas de la Unión Europea.
Los mercados no flotan en el vacío; se sostienen en redes de confianza, cooperación, empatía, y esas se aprenden. También el civismo se aprende. La deliberación razonada se aprende. Incluso la templanza y la compasión se aprenden. No es una cuestión de izquierdas o derechas. Es una cuestión de futuro, de cohesión, de supervivencia emocional.
Vivimos una era extraña: nunca hemos tenido más acceso al conocimiento y, sin embargo, cada vez sabemos menos convivir. Cada uno encastillado en su identidad, su verdad, su algoritmo. Si no recuperamos la educación como construcción humana -no solo técnica- no habrá política monetaria, ni reforma fiscal, ni digitalización que nos salve. Solo una nueva educación puede enseñarnos a habitar este tiempo convulso sin destruirnos los unos a los otros.
*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y economista sénior de Funcas.
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