Publicado: 23 marzo 2021 a las 2:00 pm
Categorías: Artículos
Por Julio Moguel
Marx sigue más vivo que nunca en nuestros tiempos, pero hay que seguir la ruta de su propia confesión, cuando dijo que él “no era marxista”

El pasado 14 de marzo se cumplieron 138 años de la muerte de Carlos Marx, uno de los pensadores más importantes de todos los tiempos. Marx es sin duda, en toda la historia humana, uno de los imprescindibles. Varias generaciones crecieron y se desarrollaron con él y/o desde sus miradas, acciones y teorías.
Y no es posible dejar pasar la rememoración correspondiente, pues no pocas de sus ideas siguen imperando en muy distintos ámbitos y niveles de la vida contemporánea, por más que se le pudiera criticar con cierta rudeza en algunos ejes-clave de su monumental arquitectura teorética.
Comenzaré por señalar un punto-base de su pensamiento, herencia de la que no debemos renunciar, recogida con suficiente pertinencia por Peter Sloterdijk en un escrito de reciente data, cuando hablaba sobre Marx y Heidegger:
Los dos están de acuerdo sobre todo en que la idea de que la existencia humana tiene que ser desarrollada en el ámbito de una hermenéutica postmetafísica de lo real. Marx y Heidegger son los dos grandes fenomenólogos de la dureza del mundo, esa dureza que resulta obligatoria para introducir una sobriedad desencantada en los delirios de libertad de todos los idealismos pusilánimes.
Pero no ahondaremos en este marco comparativo, clave y decisivo en las realidades actuales, para centrarnos específicamente ahora, en “la herencia” marxista a la que no debemos renunciar, por un lado, y, por otro, en la que, en definitiva, en mi opinión, tendría que ser revisada o “deconstruida”, desde lo que nos presenta a gritos o con multiplicadas sutilezas el mundo de nuestros días.
II
La visión de un “sistema mecánico” de reproducción (capitalista) que, en su propia evolución encontraba sus polaridades más íntimas, y por las que, tarde o temprano, caminaríamos hacia un final feliz en el que el proletariado y aliados “estarían condenados a ganar”, permitió generar una conceptualización organicista cuyas derivaciones han sido significativamente fértiles en el pensamiento moderno, al hacer a un lado, con un solo golpe de machete, toda la conceptualización que se basaba en el individuo –y en su voluntad o en su idealismo metafísico– como “constituyente celular” de cualquier sistema social y de sus futuros.
Pero tal conceptualización quedó entrampada en una dialéctica de corte hegeliano que Marx no tuvo posibilidades de rechazar o de modificar por su propia pluma, a pesar de sus intentos últimos por revisar su marco teórico precedente desde de las realidades que le planteaban Rusia y los narodniki (el populismo ruso), cuando se carteaba con Danielson y con Vera Zasúlich y redactaba el tomo III de El capital.
El mencionado organicismo al que hemos hecho referencia como positivo tuvo sus límites en las realidades de un mundo que no tendió a homogenizar las relaciones que se ubicaban en “su centro”: las “periferias” del orbe daban al sistema mecánico de reproducción concentrado en sus áreas de mayor desarrollo (de las fuerzas productivas) la posibilidad de generar una “acumulación originaria permanente”, dentro de un nuevo esquema reproductivo global en el que los explotados no tendían necesariamente a proletarizarse, tema que a su modo fue considerado como un serio problema político y conceptual por la también imprescindible pensadora alemana Rosa Luxemburgo. Pero más allá de lo planteado por ella, lo cierto es que clases o segmentos poblacionales que en el esquema de Marx eran “transitorios” –como el campesinado– se volvieron, más que “colonizados”, propios y funcionales a la explotación y reproducción misma del capital global.
III
Como “la revolución” en los países de mayor desarrollo económico (“el centro”) se perfilaba como un hecho alcanzable en aquellos “tiempos presentes”, Marx no tuvo condiciones para “ver” que la mentada “acumulación originaria permanente” podía llegar al punto de desfondar los empoderamientos que permitirían el triunfo proletario de ese “centro”, y tampoco alcanzó a visibilizar las consecuencias profundamente depredadoras sobre los “bienes humanos y naturales” que se implicaban en esas nuevas maneras imperialistas de reconfiguración global del capital.
Fue ello lo que no le permitió “ver” que las denominadas fuerzas productivas “estaban cargadas” y eran moldeadas por las mismas relaciones de clase y de expoliación, a las que siguió considerándolas en lo fundamental como “invariantes” que, en su desarrollo, ayudarían a la construcción de una sociedad comunista tanto como lo habían hecho en favor de la construcción de una sociedad capitalista.
Y su “urgencia” revolucionaria de cara a la necesidad de apuntalar o de acompañar el empoderamiento proletario, tanto como su celo por no caer en las perversiones reaccionarias de cualquier tipo de individualismo, hizo que subsumiera o dejara de lado toda relación ontológica que, por necesidad –tal y como lo hizo Heidegger–, tenía que comenzar por la pregunta sobre “el sentido del Ser”.
Cabe aquí, entonces, regresar al comparativo que hace Sloterdijk del pensamiento de Marx con el de Heidegger, para indicar, en este punto específico, no sus coincidencias o convergencias, sino sus significativas diferencias que, en este último filósofo, partieron de la fenomenología husserliana para pensar “la hermenéutica de la facticidad” y desde allí llegar a la “pregunta del Ser”. Línea que finalmente tendió a comulgar con una perspectiva marxista de la praxis, pero ya desde las consideraciones críticas hechas por Gramcsi, o, en otros niveles, por pensadores como Karl Löwith, Hannah Arendt o Lévinas (quienes, a diferencia de Heidegger, pensaron al Ser siempre en su condición de Ser-con o de su Ser-en-comunidad).
IV
Las “Tesis sobre Feuerbach” llamaron a pensar al mundo para transformarlo (“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”); El capital dio claves decisivas para descubrir las lógicas reproductivas del sistema económico predominante; la conceptualizaión sobre el fetichismo de la mercancía abrió vías extraordinarias para desarrollar las teorías de “la representación”, de las ideologías, y de la no-superestructuralidad de la enajenación y de “la conciencia fallida”; la teoría de la renta de la tierra permitió mostrar las modalidades concretas en las que el capital era capaz de articular sus sistemas de explotación desde lógicas de “alianza” y articulación con los explotadores terratenientes –dejando las bases para poder pensar la explotación del campesinado por el capital; El 18 Brumario de Luis Bonaparte o La lucha de clases en Francia mostraron cuál era la vía para llevar a cabo el “análisis concreto de una situación concreta” que dejara a un lado el trazo de las generalidades metafísicas de la historia; el Manifiesto Comunista fue sin duda el llamado y el sustento más enérgico y eterno para la movilización y lucha “de los de abajo” en vías del transformar al mundo.
Marx sigue pues más vivo que nunca en nuestros tiempos, pero hay que seguir la ruta de su propia confesión, cuando dijo que él “no era marxista”. Invitando con ello, en un máximo de generosidad y de convicción intelectual, a que seamos capaces de pensar siempre por nosotros mismos y “de nuevo”, en la magnífica posibilidad humana y planetaria del “siempre renacer”.
Fuente
https://aristeguinoticias.com/1603/opinion/carlos-marx-a-138-anos-de-su-muerte-articulo/
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