Publicado: 18 octubre 2025 a las 6:00 am
Categorías: Arte y cultura / Entrevistas
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Por Carmen Sigüenza
Crear arquetipos o deshacerlos a través del relato, el arte y la metáfora es fundamental para construir un imaginario y una sociedad más justa e igualitaria, y eso lo encarna en su totalidad la dramaturga Itziar Pascual (Madrid, 1967), de larguísima trayectoria profesional, Premio Nacional de Teatro para la Infancia y la Juventud (2019) y Premio Max a la Mejor Autoría Teatral en 2025 por Pepito, una historia de vida para niños y abuelos, entre otros galardones.
Traducida a varios idiomas, como francés, inglés, alemán, polaco, italiano, checo, árabe, rumano o portugués, Pascual es profesora de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD). Además, es catedrática en la especialidad de Dramaturgia, miembro del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid y socia fundadora de la Asociación Marías Guerreras.
Autora de más de cien libros, entre títulos propios y antologías con otras autoras, Pascual acaba de preestrenar en Cáceres su última obra: Lucía Joyce. Un pequeño drama en movimiento, basada en la lucha de la bailarina Lucía Joyce, víctima de su familia y del machismo y quien, con 75 años, escribe desde el hospital a su padre, James Joyce; al amor de su vida, Samuel Beckett, y a su psicoanalista, Karl Jung.
“Modestamente mi contribución al teatro para niñas y niños es devolver la presencia de las mujeres. Tengo que crear personajes femeninos, empoderados, poderosos, transformadores. Poner en valor la contribución artística, ideológica, política, filosófica y científica. Romper el canon y hacer preguntas al canon”, explica Pascual en una entrevista con Efeminista.
Pregunta.- ¿Cómo empieza tu carrera y tu dedicación a la dramaturgia trabajando para un público joven?
Respuesta.- Bueno, pues yo empecé mi carrera como dramaturga trabajando para públicos adultos. Y escribí una obra que fue adoptada, vamos a decirlo así, por el público, por los estudiantes de educación secundaria obligatoria.
Una profesora de instituto un día me dijo que una obra mía, que yo no había creado expresamente para ese público, se leía en el Instituto y generaba debates acalorados entre los estudiantes, y era un texto que ella utilizaba intensamente en sus clases, y esto para mí fue una novedad radical.
A partir de ahí descubrí que la literatura infantil y juvenil tiene dos modalidades, lo que llamamos literatura intencional, que es aquella que se escribe expresamente para ese público, y la literatura que niños, adolescentes y jóvenes deciden que es para ellos. Yo siempre refiero que La isla del tesoro, de Robert Stevenson, no fue literatura intencional, pero los chavales decidieron que aquella historia era para ellos.
A partir de esta experiencia decidí escribir mi primer texto dirigido a este público, que se llamó Mascando ortigas, que ganó el premio Aciteg de textos teatrales. Se presentó en la Casa del Lector de Madrid y me invitaron a acudir a la Feria Europea de Teatro para Niñas y Niños, de Gijón, que es un acontecimiento increíble, y a participar en una mesa redonda con Suzanne Lebeau.
Susan Lebov es tal vez la autora más importante del mundo en el ámbito del teatro para niños y niñas. Y para mí aquello era una conmoción. Yo llevaba preparado un texto en el tren, camino de Gijón, y aquello me pareció absolutamente irrelevante, que no tenía ningún interés, fingí que no me encontraba bien, me fui al hotel, lo cambié todo, articulé un nuevo discurso y cuando llegué a a la mesa redonda me dijeron: “Tienes que empezar tú”. Tenía un pánico espantoso, porque tenía que empezar antes de Suzanne. Lo leí y cuando terminé, ella dijo: “Esto refleja mi trayectoria, mis 40 años de vida en en el teatro”. Fue muy emocionante. Y lo cierto es que desde ese día Suzanne se convirtió en un referente, hoy es amiga, parte de mi familia.
P.- ¿Cómo te planteas el trabajo? ¿Cómo logras empatizar con ellos, con la gente joven y la infancia?
R.- La palabra empatizar es muy importante, porque uno de los problemas que tenemos en la vida y en el teatro es un trato banalizador, reduccionista, condescendiente o paternalista con la infancia. Dice Susan Lebov que uno de los problemas que tenemos cuando escribimos para niños, niñas y adolescentes es el problema de la doble autoridad.
Es la autoridad del adulto sobre el menor de edad por la convicción de que el adulto tiene conocimiento y el niño es ignorante, el adulto está completo y el niño está en proceso, el adulto sabe qué es lo correcto y el niño está descubriendo el mundo. Esta premisa es muy peligrosa. Porque genera un discurso que a la postre es reduccionista.
La doble autoridad conlleva, además, la posición de superioridad del artista frente al público. Si escribes desde la doble autoridad, tu trabajo va a ser didactista. Va a ser un discurso donde va a haber superioridad y pretenciosidad y hoy sabemos que paternalismo y condescendencia son formas de machismo. Muchas mujeres en el mundo han sido tratadas así desde “voy a explicarte cómo es el mundo, voy a explicarte cómo es la vida”.
Eso lo padecen niños y niñas en nuestras sociedades todos los días. Solo si tienes una perspectiva empática, solo si no te colocas en un pedestal de superioridad frente a niños y adultos, puedes escribir para ellos.
P.- Un desafío actual es el mundo digital, ¿cómo te enfrentas a las nuevas tecnologías a las que están enganchados tantos jóvenes? ¿Cómo ves el sesgo de género digital? ¿Te lo planteas a la hora de crear?
R.- Ellos están absolutamente permeados por todo este mundo. El mundo digital es complejo y nos propone más preguntas que respuestas. Es un universo que yo he abordado en escritura para adolescentes, porque en la adolescencia hoy la relación con redes sociales, con plataformas digitales, con ficciones servidas desde este ámbito es omnipresente. Pero también los riesgos de dominación, de chantaje, de coacción a través de estos marcos incluyendo qué impacto tiene y qué sesgo de género tiene todo este universo.
He tenido la suerte de colaborar con otra autora, que se llama Amaranta Osorio, y hemos escrito a cuatro manos una obra que se llama Click, donde precisamente hablamos de ese instante en el que tu vida puede cambiar, ese instante en el que estamos en una encrucijada y todo se modifica y también de todos los impactos que las redes, que el juicio gratuito, arbitrario y salvaje tiene sobre las chicas, especialmente, no solo, pero especialmente sobre las chicas y cómo eso puede percutir en sus vidas.

Itziar Pascual posa durante una entrevista con Efeminista. EFE/Laura de Grado
P.- ¿Y cómo te planteas la visibilidad y la perspectiva de género a la hora de escribir?
R.- El feminismo, los feminismos son para mí una brújula cotidiana y una experiencia de vida. Esto no significa que yo tenga las respuestas, pero sí que intento poner el despertador pronto para poner las preguntas. Entonces, para mí hay algunos ejes que son innegociables. Para empezar, la presencia de personajes femeninos en el escenario que toman la palabra y que ejecutan acciones transformadoras.
Si las ficciones, las imaginaciones no contribuyen al empoderamiento, estamos volviendo a colocar a las mujeres en zona de sombra. Esta es una tarea.
Por tanto, es una tarea presentar a niñas y niños personajes femeninos que toman la acción, que generan transformaciones, que no se dejan amilanar por el miedo, y pongo como ejemplo Wangari, la niña árbol, cuyo personaje principal es Wangari Maathai, la mujer árbol, la fundadora del cinturón verde y un ejemplo esencial de ecofeminismo contada desde su infancia, cuando una niña puede percibir perfectamente que su entorno está siendo atravesado por el abuso, la explotación, la privación de las materias primas y de los recursos fundamentales.
También para mí es muy importante poner en valor la experiencia de mujeres reales que han contribuido a cambiar el mundo. Es muy importante cuestionar un canon que ha invisibilizado la contribución de las mujeres en el mundo.
Entonces, entre mis personajes teatrales se encuentran mujeres como Rita Levi Montalcini, Pina Bausch, Rosa Parks, Juan Garí Matai o María Zambrano. Esto no significa que siempre trabaje inspirada por mujeres cuyas vidas y acciones han sido transformadoras, pero me parece una tarea de las ficciones contribuir a cuestionar la invisibilidad y el silencio.
Entre mis trabajos más recientes está, por ejemplo, poner en valor la figura de Vicenta Lorca, madre de Federico García Lorca, que es una mujer que fue decisiva. Hoy podemos hablar de Federico porque Vicenta tomó decisiones radicales enfrentándose a muchos de los sesgos homófobos y también arbitrarios que había en el entorno familiar sobre cuál tenía que ser la vida de Federico.
Vicenta fue la persona que financió el primer poemario de Federico y esto casi nadie lo dice. Es que hay muy poca luz sobre esta mujer, solo hay una obra de teatro que hice en el Centro Cultural de la Villa, con Cristina Marcos como Vicenta. Fue el texto que escribí en colaboración con Yolanda Pallín y Jesús Laiz.
Fue una investigación exhaustiva, porque incluso los biógrafos más comprometidos con la vida de Federico atenuaban completamente el papel que Vicenta había tenido y había que escuchar al propio Federico. Hubo que buscar, por supuesto, en las cartas, en la comunicación epistolar entre Vicenta y Federico.
P.- También está en esta línea tu última obra, Lucía Joyce. Un pequeño drama en movimiento, estrenada recientemente en Cáceres, ¿no?
R.- Sí, se ha estrenado en el Casar de Cáceres, en la nave del Duende, y está camino del Festival de Teatro Contemporáneo de Badajoz y de Sevilla. Y también, por supuesto, tiene gira ya prevista.
Lucía es una mujer que nos dice tantas cosas hoy sobre el feminismo, sobre la lucha de las mujeres artistas, sobre tantas cosas. Lucía Joyce fue bailarina, creadora de una compañía de danza contemporánea, coreógrafa, diseñadora de vestuario, una mujer políglota que hablaba perfectamente italiano, francés, inglés y alemán.
Era una mujer que se codeaba con las figuras esenciales de las vanguardias y del pensamiento de las primeras décadas del siglo XX. Era amiga íntima de Peggy Guggenheim. Estudió con Margaret Morris y con Raymond Duncan, el hermano de Isadora Duncan, que había tenido relación terapéutica con Carl Gustav Jung; una de sus parejas fue Samuel Beckett, y su padre era James Joyce, o sea, la colocamos en el corazón de las vanguardias, pero también en el corazón del sufrimiento, claro, porque la genialidad es admitida si eres varón, pero no se permite si eres mujer, joven y además eres hija de un gran escritor.
Toda su familia luchó por separarla de la danza, del arte, y decirle que lo que ella tenía que hacer era ponerse al servicio de su padre. O sea, ser la musa invisible que inspirara a su padre, no desarrollar una carrera artística independiente y, por supuesto, convertirse en alguien silencioso que elogiara y fomentara la apología del padre genio. Ella tenía que ser la hija del padre. Pero ya sabemos cuál es el precio que las mujeres pagamos por ser hijas del padre.
Era insoportable y esto percutió en su salud emocional y en su salud mental. Fue conducida a centros de reclusión de salud mental durante 48 años de su vida. Lucía hoy nos habla de la salud mental y emocional de las mujeres.
Cuántas veces se ha empleado con ligereza el término loca para referir entornos hostiles y para referir también la situación de familias desestructuradas. Es decir, si hoy aplicáramos los términos que tenemos de la salud emocional y mental, diríamos: Lucía fue una hija ubicada en el contexto de una familia desestructurada con negligencia parental, con un entorno parental de adicciones, donde seguramente su marco era el de ser una mujer altamente sensible viviendo unas agresiones fácticas y simbólicas que le impidieron una emancipación y el desempeño de su carrera propia.
Cuando estudias la historia de las mujeres artistas en la Europa del siglo XX te das cuenta de que hay unos patrones de coerción que siempre se asocian a la salud mental y a la dependencia del entorno y de maridos, novios, padres o hermanos.
Cuando leemos la vida de Lucía Joyce pensamos en Leonora Carrington, cuando leemos la biografía de Leonora Carrington, pensamos en Camille Claudel. Los feminismos tienen tarea pendiente en la puesta en valor de las contribuciones de las mujeres.
O sea, digamos que para contestar a tu pregunta tengo que crear personajes femeninos, empoderados, poderosos, transformadores, poner en valor la contribución artística, ideológica, política, filosófica, científica. Contribuir a romper el canon. Hacerle preguntas al canon y también trabajar con mujeres.
P.- Tú que está en contacto con gente joven, ¿cómo ves lo que revelan las últimas encuestas de que crece el negacionismo de la violencia machista en los jóvenes, y de que están contra el feminismo?
R:- No lo veo como una realidad absoluta. Me parece que es una realidad que debemos matizar. Porque por un lado, y permíteme que cuente una anécdota personal, yo tengo dos hijas, una de ellas en el Instituto, y un día me dijo: “Mamá, hoy le he enseñado algo a mi profesor que no sabía.” Y yo dije: “¿El qué?” Y me dijo: “El concepto de techo de cristal”. Y me sonrojé y me dije:,”Wow, es que a mí me costó años”. O sea, mi hija tiene 16 años y sabe lo que es el techo de cristal.
Y a mí me costó eso que Celia Amorós llama la fase de olfato, porque la desigualdad huele mal y puedes empezar a intuirla antes de tener una lectura crítica, antes de tener una conciencia articulada en el feminismo. Ella ya lo sabe. Ahora tenemos que conseguir que ese concepto desaparezca.
Creo que entre las chicas hay un movimiento de puesta en valor de reconocimiento del trabajo que las generaciones precedentes de los feminismos han ofrecido. Y los chicos tienen trabajo, porque la pereza es un camino para el fascismo.
El quedarte en tu zona de confort, el desarrollar las melancolías de mundos presuntamente más confortables es una praxis que, no solo los jóvenes, algunos hombres de más edad están habitando, Y ahí creo que tenemos tarea también en contrastarles modestamente con la realidad y con la verdad.
Porque en esos mundos melancólicos que ahora defienden, el patriarcado quiere perdurar y lanzar mensajes de confort. Es muy seductora la pereza. Pero es muy importante que recordemos que el planeta que tenemos es solo uno, y esto lo sabemos con un principio de sostenibilidad que es pacifista, feminista y ecologista. No hay plan B. Pueden tardar en aceptarlo, pero esto es así.
P.- Háblanos de tu asociación, las Marías Guerreras.
R.- En torno al 2000 un grupo de mujeres de las artes escénicas empezamos a reunirnos conscientes de que el asociacionismo siempre es un espacio de valor para las mujeres, que una mujer más una mujer son algo más que dos mujeres, son mucho más.
Y esto nos llevó a crear la primera asociación de mujeres en las artes escénicas de Madrid, a la que llamamos con toda la intención María Guerreras para poner en valor el nombre de la que entonces era la única mujer que daba nombre a un teatro de Madrid.
Fue la primera asociación constituida en Madrid y era interesantísimo porque nos preguntaban: “¿Para qué? ¿Qué necesidad tenéis de reuniros y de trabajar en equipo si lo habéis logrado ya todo, si estáis de moda”. Y yo decía: “Al próximo que me diga que estamos de moda le pego un bolsazo, porque no soporto ese tipo de de banalizaciones. Es muy importante que el feminismo documente la desigualdad con datos, con muestreos, con documentos, lo que están haciendo las compañeras de CIMA para denunciar la violencia sexual en el audiovisual es imprescindible.
Celia Amorós dice: “El esclavo no tiene el deber de tener conciencia de esclavitud”, y yo lo suscribo absolutamente. Hace falta un proceso de conciencia, un desmantelamiento crítico. Y trabajar en equipo, escuchar a las mujeres, darnos espacios propios, es la oportunidad de nombrar eso que muchas veces no nos permitimos nombrar.
Quiero recordar también cuánto de importante ha sido el Me Too como un movimiento transversal que ha afectado a las mujeres no solo del mundo del espectáculo, de todas las esferas y no solo de los Estados Unidos, de todos los ámbitos. Pero para poner palabras, para nombrar lo que duele, hacen falta espacios de mujeres, hacen falta experiencias donde en nosotras sea una oportunidad.
Mi tesis doctoral habla de asociacionismo teatral de mujeres en todo el mundo y las experiencias de creación de tejido asociativo de mujeres, y formo parte del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid, que para mí es mi casa, es un referente fundamental, porque la creación de espacios de investigación feminista en las universidades es decisiva.
Es clave recordar que el feminismo es una ideología emancipadora, es un movimiento social que ha dado lugar a la sororidad y también a la emancipación de tantos proyectos y de tantos colectivos, pero es un instrumento científico de análisis de la realidad social que nos permite documentar, investigar y rastrear todo lo que hay que hacer por las mujeres y para las mujeres.
P.- El feminismo hoy está en el objetivo de los gobiernos reaccionarios de todo el mundo. ¿Cómo lo ves?
R.- Creo que vivimos un momento importante. El patriarcado no quiere morir y prefiere morir matando. Y esto lo sabemos, pero creo profundamente en la capacidad de lucha de las mujeres.
Las mujeres hemos demostrado durante siglos que éramos capaces de luchar, de resistir y de ofrecer una respuesta alternativa a las violencias, a la injusticia y a la desigualdad. A mí me conmueve ver un movimiento feminista, transversal, integrador, activo que está en la lucha por la humanidad.
Decía la creadora, directora de escena y actriz colombiana Patricia Ariza que hoy nos jugamos la humanidad. Y es así. O sea, lo que nos estamos jugando hoy es la noción de humanidad.
El feminismo sabe que ya no hay marcha atrás y la sociedad también, que la amenaza, que la coacción es insuficiente. Sabemos que los derechos de las mujeres son conquistas innegociables.
Y frente a quienes pretenden asustarnos, amedrentarnos y hacernos creer que son derechos reversibles, la respuesta va a estar en la calle y en las urnas. Yo creo en eso.
Fuente: https://efeminista.com/teatro-infancia-itziar-pascual-romper-arquetipos-mujeres/
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