La IA, ¿herramienta o juguete?

Publicado: 24 septiembre 2025 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Javier Luna

Hay conceptos que llegan con tanta fuerza que parecen capaces de transformar por ellos mismos la vida de un colegio. Inteligencia artificial es uno de ellos.

En apenas dos años ha pasado de ser un término de laboratorio a ocupar conversaciones en claustros, reuniones de dirección y hasta tertulias familiares. Por no hablar del uso doméstico no formado que estamos haciendo de ella. La pregunta ya no es si la IA estará o no presente en la escuela, la gran pregunta que debemos hacernos es cómo vamos a convivir con ella. Y, sobre todo, cómo vamos a liderar un proceso de transformación que no es solo tecnológico, sino profundamente pedagógico y humano.

Para ello, uno de los aspectos que deberíamos tener en cuenta cada vez que aparece una nueva “ola de innovación” es que los colegios somos espacios de formación de personas y no laboratorios de prueba de herramientas. Esa diferencia es fundamental para enfocar bien un proceso de transformación.

Sabes como yo que no se trata de llenar aulas con aplicaciones que hagan “más fácil” la vida, sino de preguntarnos qué sentido tiene su uso en el itinerario educativo de cada alumno.

Desde que apareció la IA, y más concretamente ChatGPT, me vino a la cabeza un símil con la Thermomix. Sí, la Thermomix, ese aparato culinario maravilloso que es capaz de ir cocinando mientras tú vas haciendo otras cosas. Por no hablar de que puedes cocinar un risotto aunque no tengas mucha idea. Es un hecho…

Pero digo yo, y aún a riesgo de que me llames iluso, que los ingredientes en la Thermomix los pongo yo en función de lo que quiero conseguir y en los tiempos de cocción que yo considere, ¿no? Pues con la IA, lo mismo…

La IA puede ayudar a aligerar la carga burocrática de un profesor, puede ofrecer caminos alternativos de investigación a los estudiantes, puede incluso generar materiales de apoyo. Pero nunca podrá sustituir la mirada de un docente, la intuición que nace de conocer a un alumno concreto, la palabra justa que se dice en el momento oportuno, o el conocimiento que tenemos sobre una materia y que es necesario para poder generar contenido de manera adecuada y, sobre todo, acorde con la realidad.

El riesgo está en confundir velocidad con progreso. La IA acelera procesos: corrige, sintetiza, propone. Pero el liderazgo educativo no consiste en acelerar sin más, sino en decidir qué merece la pena mantener lento. Investigar, por ejemplo. Una investigación escolar apoyada en IA puede ser más rápida, sí, pero el reto está en enseñar a los alumnos a pensar, contrastar, seleccionar, dudar. Y esa lentitud crítica es, en realidad, lo que convierte a la IA en una oportunidad: obliga a replantearnos qué significa investigar en la escuela y cómo enseñamos a nuestros alumnos a discernir en un mar de información infinita.

Pongamos un ejemplo concreto. Una alumna de 4º de ESO se enfrenta a un trabajo sobre el cambio climático. Puede pedirle a la IA que le redacte el informe completo en cuestión de minutos. Pero lo que nos interesa como educadores no es el resultado final en sí, sino el proceso: que sepa formular preguntas pertinentes, que aprenda a evaluar la fiabilidad de las fuentes, que sea capaz de construir un pensamiento propio, incluso capaz de hacer una presentación adecuada y responder a las preguntas que le hagamos. La IA puede sugerir referencias o aportar datos iniciales, pero la tarea educativa es guiarla para que vaya más allá, para que contraste, amplíe y elabore. Lo valioso no es el texto entregado, sino la capacidad de aprender a investigar en un mundo donde la información está siempre a mano, pero no siempre es cierta.

Aquí el papel del directivo es decisivo. Liderar el uso de la IA en un centro consiste en marcar un horizonte compartido. En lugar de preguntar “¿qué aplicación nueva podemos probar?”, podríamos empezar por “¿qué queremos que nuestros alumnos aprendan investigando con estas herramientas?”. Desde ahí se abren decisiones muy prácticas: qué proyectos merecen la incorporación de IA, qué rúbricas evaluarán la capacidad crítica y no solo el resultado, qué tiempos protegemos para que la investigación no se convierta en copia rápida.

Liderar también es acompañar al claustro en esta transición. Muchos profesores sienten incertidumbre o incluso temor. Temor a ser sustituidos, a perder autoridad, a no saber controlar una tecnología que avanza más rápido de lo que se puede asimilar. Nuestra tarea es dar serenidad y sentido. De hecho, es una oportunidad para mostrar que no viene a quitar nada de lo que es esencial, sino a liberar tiempo y a ampliar posibilidades. Como la Thermomix… Que lo importante sigue siendo la relación educativa: ese espacio donde un profesor ayuda a un alumno a descubrir sus capacidades y a orientar su futuro.

Por eso conviene promover experiencias sencillas de introducción a la IA que no abrumen, sino que inspiren. Una sesión de formación donde se muestre cómo ahorrar tiempo en la redacción de actas o informes. Un taller de tutoría donde los docentes experimenten cómo la IA puede sugerir dinámicas para trabajar la convivencia. Una práctica guiada donde se contrasten textos generados por IA con fuentes académicas, para evidenciar sesgos y aprender a detectarlos. Cuanto más natural sea la experiencia, más fácil será que el claustro lo viva como aliado y no como amenaza.

Esto, sin duda, nos hace ver que la IA nos pone delante de preguntas nuevas: ¿cómo aseguramos que la voz del alumno no se diluya entre textos generados automáticamente? ¿qué hacemos con los datos personales que atraviesan las plataformas? ¿cómo mantenemos la igualdad de oportunidades cuando algunos estudiantes tienen acceso ilimitado y otros no? Aquí la dirección tiene que ser clara: con normas, con límites, con transparencia hacia familias y alumnado. El colegio se convierte en un lugar de confianza donde se aprende a usar estas herramientas con responsabilidad, en lugar de un espacio donde “todo vale”.

El marco europeo ayuda —y apremia— a trabajar así. La guía de UNESCO nos recuerda que la IA en educación solo tiene sentido si protege la dignidad, reduce brechas y pone a los docentes en condiciones de enseñar mejor. El AI Act nos fija calendarios y responsabilidades que los equipos directivos no podemos ignorar. El DSA nos obliga a exigir a los proveedores estándares de protección de menores y de diseño responsable. Con ese trípode, el mensaje hacia dentro y hacia fuera es coherente: la tecnología está a nuestro servicio y no al revés.

En el fondo, esta revolución tecnológica nos devuelve al principio: la escuela no cambia porque llegue una máquina más potente, cambia porque los educadores deciden ponerla al servicio del aprendizaje y no al revés. Gobernar (sí, gobernar) la IA en un colegio no significa estar al día de todas las novedades, sino mantener siempre encendida la pregunta por el para qué: ¿Para qué enseñamos? ¿Para qué investigamos? ¿Para qué educamos? Y, a partir de ahí, decidir con calma qué lugar ocupa la tecnología.

La inteligencia artificial no es el fin de la escuela; puede ser, si la lideramos bien, un medio para que el aprendizaje recupere lo más humano: el pensamiento crítico, la creatividad, la relación con los demás. Y esa es, quizás, la gran paradoja de esta era: cuanto más avanza la tecnología, más imprescindibles se vuelven los educadores que acompañan con criterio, con cercanía, con sentido y con conocimiento profundo de la materia.

En cada centro las decisiones que tomamos definen nuestra cultura: cómo recibimos cada mañana, cómo damos feedback, cómo respondemos cuando alguien se equivoca… La IA no sustituye ninguna de esas decisiones; puede ayudarnos a hacerlas mejor y más sostenibles, pero nada más. Si no nos ahorra tiempo, si no mejora la claridad de nuestras prácticas, entonces es un juguete. Y en el colegio, los juguetes están para el recreo.

Por Javier Luna Calvera, director general, consultor y coach educativo.

Fuente: https://exitoeducativo.net/la-ia-herramienta-o-juguete/