Publicado: 23 septiembre 2025 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jaime Úbeda

Hay decisiones que nacen del miedo y no de la evidencia. Que suenan bien en la tribuna, pero no resisten una mañana en un aula real. Prohibir la tecnología en los colegios es una de ellas. Y no me refiero a regular su uso —cosa necesaria—, sino a vetarla de raíz, con normas que convierten a la escuela en un museo del siglo XX.
En la Comunidad de Madrid se ha decidido limitar de forma generalizada el uso de dispositivos digitales individuales en la enseñanza obligatoria. La intención es loable: proteger a los alumnos de adicciones, distracciones y malas prácticas. Pero el resultado es profundamente contradictorio: se quiere formar ciudadanos digitales… aislándolos del entorno digital. Es como enseñar a nadar sin piscina. O peor aún: como prohibir que respiren aire por miedo a la contaminación.
“No es la tecnología la que amenaza la educación. Es la resistencia institucional al cambio.”
— Audrey Watters
Vivimos en un mundo en el que no se puede vivir sin tecnología. Literalmente. No puedes abrir una cuenta bancaria sin firma digital. No puedes renovar tu DNI sin cita online. No puedes trabajar, estudiar, relacionarte, ni siquiera comprar el pan si no sabes usar una app, un QR o una tarjeta. Nuestros alumnos lo saben. Lo viven a diario. ¿Y la escuela qué hace? Cierra los ojos.
No estamos salvando a nuestros hijos del infierno digital. Les estamos condenando a la irrelevancia.
Y luego nos preguntamos por qué desconectan del aula. ¿Qué sentido tiene estudiar en un entorno que niega la realidad? Si la escuela se convierte en un espacio artificial, blindado contra el presente, solo logra una cosa: perder autoridad.
Hay un cierto romanticismo en querer volver a la tiza y al cuaderno. Pero es un romanticismo peligroso, porque idealiza un pasado que ya no existe. Y en nombre de esa nostalgia, se impone una pedagogía del miedo: miedo a las pantallas, a los móviles, a YouTube, a la IA, a los datos, a los videojuegos. Pero el miedo nunca educa. Solo paraliza.
La escuela no puede ser el único espacio del planeta donde no se use tecnología. No es un refugio del mundo: es un laboratorio para comprenderlo. Y si no enseñamos a usar las pantallas, otros lo harán. YouTubers. TikTokers. Algoritmos sin ética.
Tal y como dice Neil Selwyn “La mayor irresponsabilidad de la escuela no es usar demasiada tecnología, sino dejar que otros enseñen a usarla.”. Desde aquí propongo algo muy simple, y muy sensato: modelo “one to one” (un dispositivo por alumno) a partir de 5º de Primaria. No antes, no en todas partes, no para todo. Pero sí desde esa edad en adelante, con planificación, acompañamiento docente, y objetivos claros.
Por debajo de esa edad: uso compartido, proyectos guiados, exposición controlada. No por miedo, sino por madurez. Pero también con presencia. Porque el silencio digital total es tan absurdo como el ruido digital total.
Los alumnos de 10 u 11 años están en una edad perfecta para empezar a usar la tecnología de forma individual y significativa. No hacerlo es llegar tarde. Y en educación, llegar tarde significa perder la oportunidad de formar criterio.
Y es que los libros de papel no son un plan. “Decir que se aprende mejor con libros que con pantallas es como decir que se viaja mejor en tren que en avión. Depende de a dónde quieras llegar”. De verdad creemos que la solución a los resultados de PISA es quitar dispositivos? ¿No será que no sabemos enseñar con ellos? Culpar a las pantallas es fácil. Pero también cobarde.
La tecnología no distrae. Lo que distrae es un currículum aburrido, un profesor que solo dicta, una metodología que no conecta. El problema no está en las herramientas. Está en el uso (o el no uso) que hacemos de ellas.
Y ojo: el modelo sin tecnología no es más barato, ni más justo, ni más equitativo. Es, simplemente, más cómodo para quienes no quieren adaptarse.
Para mí, ser radical hoy es pensar en el futuro de nuestros alumnos. Hoy, ser radical no es prohibir móviles. Es enseñar con inteligencia artificial. Es enseñar ética digital. Es enseñar a programar. Es enseñar a defenderse del algoritmo. Es enseñar a buscar fuentes fiables. Es enseñar a usar la tecnología sin ser usado por ella.
Lo radical es que un colegio decida convertirse en incubadora del futuro, no en conservador del pasado. La verdadera innovación no es tener pizarras digitales o tablets. Es tener visión. Y coraje. Y para mí, esta decisión es una corbardía institucional de primera magnitud.
En resumen: dejemos entrar el aire. Prohibir la tecnología es cómodo, rápido y aplaudido por algunos titulares. Pero es pedagógicamente irresponsable. Necesitamos una escuela que abrace el presente para preparar el futuro. Una escuela que respire con el mundo, no contra él.
Si nuestros alumnos van a vivir conectados, lo lógico, lo coherente, lo valiente… es enseñarles a conectar bien.
Porque educar en lo digital no es solo enseñar con pantallas. Es enseñar a vivir con sentido en un mundo que ya lo es.
Por Jaime Úbeda, CEO de EXO Schools.
Fuente: https://exitoeducativo.net/prohibir-la-tecnologia-en-un-colegio/
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