Publicado: 13 septiembre 2025 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

El curso arranca con alumnado y, mientras en los centros educativos se habla de horarios, programaciones y alumnado que llega con todo por hacer, en redes sociales la conversación parece ir por otro lado. Docentes convertidos en tiktokers de tercera, bailando, haciendo gestitos, coreografías y numeritos varios que solo pueden calificarse de lo que son… ¡gilipolleces! Y lo peor no es que hagan el ridículo delante de una cámara, porque cada cual es libre de exponerse en su tiempo libre como le dé la gana, sino que lo hacen desde dentro de las aulas, con sus alumnos de atrezo, como si el instituto fuera un plató y la escuela un escenario para su ego digital.
Nos lo quieren vender como innovación. Nos lo quieren disfrazar de motivación. Nos lo quieren colar como acercamiento al alumnado. Pero no, no lo es. No estamos hablando de metodologías, ni de experimentación didáctica, ni de nada remotamente parecido a educación. Estamos hablando de postureo. De docentes más preocupados por conseguir un viral que por preparar una explicación decente. De adultos que deberían dar ejemplo y que, sin embargo, se ponen a bailar frente a una cámara como si fueran adolescentes buscando atención.
Y sí, este inicio de curso hemos visto cómo dos docentes tiktokers, que llevaban un año entero usando a su alumnado como material de exhibición, han sido finalmente apartados de su centro, aunque lo hayan intentando disimular diciendo que abren otros proyectos. La noticia ha corrido, se ha comentado y, como siempre, algunos han salido a defenderlos diciendo que eran “creativos”, que “motivaban a sus chavales”, que “eran innovadores”. Basta ya de hipocresías. No eran creativos. Eran irresponsables. No motivaban. Usaban a sus alumnos como moneda de cambio para conseguir likes. No innovaban. Hacían negocio de la intimidad de menores. Y que alguien intente justificarlo es, sencillamente, vergonzoso.
Lo que más sorprende es que haya que esperar tanto para que se tomen medidas. Porque cualquiera con dos dedos de frente sabe que grabar a un grupo de alumnos y colgar el vídeo en redes sociales para ganar seguidores no es solo una falta de profesionalidad, es una falta de respeto. Y, sobre todo, es una falta de ética que debería inhabilitar de inmediato a quien la comete para estar frente a un aula. Porque los alumnos no son atrezo. No son figurantes. No son extras para un show digital. Son alumnos que tienen derecho a aprender sin ser exhibidos en internet como parte de un numerito.
La tibieza del sistema es desesperante. Aquí nos llenamos la boca hablando de derechos del menor, de protección de datos, de bienestar emocional, pero luego permitimos que haya docentes que convierten las clases en un escenario de TikTok. Y mientras tanto, seguimos aplaudiendo el numerito porque queda simpático en redes. Pues no, no es simpático. Es humillante para la profesión y dañino para el alumnado.
Y, por si alguien lo duda, esto no va de estar en contra de la tecnología o de las redes sociales. Esto va de algo mucho más básico: de entender que el aula es un espacio educativo, no un escaparate personal. Que enseñar es una responsabilidad, no una oportunidad para pescar seguidores. Que si necesitas bailar delante de tus alumnos para sentirte válido, quizás tu sitio no está en la docencia, sino en un reality de televisión.
La consecuencia debería ser obvia. No se trata de dar advertencias ni de poner paños calientes. Quien convierte el aula en su canal de TikTok sobra en la educación. Quien usa a sus alumnos para engordar su ego digital debería estar fuera, sin contemplaciones. Porque la docencia no necesita más payasos con aro de luz, necesita profesionales que se tomen en serio lo que significa enseñar.
Así que sí… el inicio de curso en redes sociales vuelve a ser un escaparate de vergüenza. Y lo grave no es que unos cuantos se exhiban como tiktokers de segunda, sino que aún haya quien aplauda y defienda que eso es motivar al alumnado. No. Eso es degradar la profesión. Lo que necesitamos son docentes capaces de enseñar, no de marcarse un trending dance. Y cuanto antes lo entendamos, mejor para todos, sobre todo para quienes deberían ser el centro de todo esto. Y esos son los alumnos.
Fuente: https://xarxatic.com/el-uso-del-aula-como-plato-una-verguenza-a-la-que-alguien-tiene-que-poner-solucion/
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