Publicado: 13 agosto 2025 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
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Por M.Sc. Georgina Morera Quesada
Uno de los pilares más poderosos para la movilidad social en Costa Rica ha sido, sin duda, la educación, especialmente la educación superior. Por eso, resulta imprescindible que las oportunidades de ingreso a la universidad pública lleguen hasta quienes enfrentan mayores desventajas sociales y económicas. Porque cuando la educación se convierte en un derecho efectivo y no en un privilegio, el país entero avanza.
Desde su fundación, la Universidad de Costa Rica ha sido mucho más que un centro de estudios: se ha constituido en una puerta abierta para quienes sueñan con mejorar sus condiciones de vida. No obstante, en un país marcado por la diversidad cultural y profundas inequidades, el acceso a la educación superior sigue siendo desigual. Muchas personas, especialmente en regiones periféricas, se enfrentan a barreras significativas: falta de recursos, escasa información, o simplemente la ausencia de referentes que les hagan pensar que sí es posible.
En este escenario, el país mantiene una deuda social con sus poblaciones más vulnerables. Las oportunidades para el desarrollo y la movilidad social no se distribuyen con justicia. La regionalización de la Universidad de Costa Rica ha sido una respuesta decidida ante esa deuda, llevando a las regiones más rezagadas no solo aulas y profesores, sino también esperanza, reconocimiento y dignidad.
Los datos respaldan esta decisión. El IX Informe del Estado de la Educación (2023) mostró un aumento en el ingreso universitario de personas adultas jóvenes, subrayando la importancia de las becas como instrumento para reducir la exclusión. El informe revela que el 54,6 % del estudiantado universitario pertenece a la primera generación en su familia que accede a la universidad. En los hogares de menores ingresos, esta cifra se eleva al 90,2 %. Son rostros concretos de un cambio real: la universidad pública como motor de transformación social.
Tomemos como ejemplo a la Región Brunca, una de las zonas con mayores rezagos educativos y escasas oportunidades laborales. A pesar de los avances, persisten grandes brechas en el acceso y la permanencia en la universidad. Según datos del INEC (2022), esta región presenta un 32,2 % de pobreza, un 18,5 % de desempleo y un coeficiente de Gini de 0.55, reflejo de una desigualdad estructural que aún golpea con fuerza. Fortalecer la educación superior en estas zonas no es solo una acción académica: es un acto de justicia.
Las leyes y políticas públicas nos dan el respaldo. La Ley Fundamental de Educación (Ley N.º 2160) consagra el derecho universal a la educación y la obligación del Estado de garantizarlo. El Decreto 37801-MEP destaca la educación como herramienta contra la pobreza y la exclusión. Y desde la visión global, la UNESCO (2008) promueve una educación inclusiva que fomente la participación, la equidad y la permanencia. En ese marco, la regionalización universitaria no solo informa sobre carreras o procesos de admisión: ayuda a construir proyectos de vida, ofrece horizontes, cultiva sueños.
Desde la plataforma de bienestar estudiantil que ha desarrollado la Universidad a lo largo de sus ocho décadas, se ha hecho posible sostener en las aulas universitarias a las y los estudiantes que llegan a la educación superior cargados de ilusiones, a pesar de todas las dificultades e inequidades que enfrentan.
La Universidad pública no transforma comunidades desde la distancia ni desde el anonimato. Lo hace cara a cara, vida a vida, historia a historia. Por mi paso como docente de la UCR en la Zona Sur, llega a mi memoria con claridad la llegada de los primeros 22 estudiantes al Recinto de Golfito, allá por 2006. Venían cargados de sueños, pero también de incertidumbres. Representaban el anhelo colectivo de una región golpeada por el abandono tras la salida de la compañía bananera. En cada uno de ellos se encarnaba una esperanza largamente postergada.
Desde aquel grupo pionero se repite una constante: los estudiantes que llegan a la Sede del Sur provienen de la misma región, y han debido superar múltiples adversidades. Su sola presencia en las aulas universitarias es ya un acto de resiliencia. Muchos son los primeros en su familia en alcanzar la educación superior, y al hacerlo, no solo se transforman a sí mismos, sino también a sus hogares, a sus comunidades.
Recuerdo bien a aquellos hijos e hijas de agricultores, pescadores, comerciantes, emprendedores. De los 22 estudiantes iniciales, solo una parte culminó sus estudios en 2010, en la primera ceremonia de graduación del Recinto de Golfito. Pero aquellos títulos eran mucho más que logros académicos: eran símbolos de tenacidad, de lucha y de esperanza. Quienes se graduaron no solo se llevaron un diploma; le aportaron al país profesionales con sentido social, con profunda calidad humana, comprometidos con el bienestar colectivo.
A lo largo de los años hemos sido testigos de comunidades enteras transformadas por la llegada de una persona profesional. Una persona graduada de la Sede del Sur que decide quedarse en la región porque cree que es posible buscar el cambio para sus vecinos, amigos y familiares que no tuvieron la oportunidad de ser profesionales.
Cada ingreso a la universidad es una victoria. Cada estudiante es un triunfo frente a la desigualdad. Han aprendido que el mundo no se cambia desde la comodidad, sino con coraje y disciplina. Han hecho rendir una beca como si de un milagro se tratara, han sabido estudiar con hambre o con dolor, pero también con pasión y con dignidad.
Nuestros estudiantes han comprendido que el verdadero valor no reside en lo que se posee, sino en lo que se conquista con esfuerzo. Han salido adelante desde colegios con limitaciones, pero cargados de valores y humanidad. Saben alzar la voz sin necesidad de gritar. Saben reclamar con respeto, evidenciar necesidades sin perder la nobleza. Son personas formadas no solo para el mercado laboral, sino para la vida.
A 85 años de su fundación, la Universidad de Costa Rica ha hecho mucho más que formar profesionales: ha edificado personas valientes, sensibles, comprometidas. Personas que han transformado su propia historia, y que hoy caminan por el país sembrando esperanza, abriendo puertas y dando testimonio de que una Costa Rica más justa e inclusiva es posible… cuando la educación toca el corazón.
Fuente: https://www.ucr.ac.cr/noticias/2025/8/12/voz-experta-fortalecer-la-educacion-superior-en-zonas-vulnerables-no-es-solo-una-accion-academica-es-un-acto-de-justicia.html
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