Publicado: 13 mayo 2025 a las 12:00 am
Categorías: Artículos
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Por Manuel Fernández Navas
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El pasado 24 de marzo, El País ponía en portada una pieza titulada «“Están en contra del feminismo y hablan bien de Franco”: los profesores luchan contra la ola de extrema derecha de sus alumnos» . En ella se reflejaba la preocupación de parte del profesorado por el aumento de discursos fascistas y antifeministas entre el alumnado. Algunas de las personas entrevistadas pertenecen al Colectivo DIME+, del que también formo parte.
Como te puedes imaginar, la polvareda y el aluvión de comentarios que suscitó la pieza de El País en redes sociales fue bastante grande, y se hicieron eco de ella otros medios. Entre ellos, este mismo diario, con la pieza del compañero Joseph Patiño que titulaba “La lucha de los docentes contra la preocupante ola de ultraderecha en las escuelas españolas”.
Especialmente desagradable resultó para la compañera Alicia, que tuvo la “suerte” de salir en la foto de portada de la pieza de El País y sobre la que se vertieron —y se siguen vertiendo— toda la ira de los reaccionarios de turno. Muy indignados porque alguien mostrara públicamente sus vergüenzas, mucho más cuando, además, ese alguien —concretado en la imagen de Alicia— es una mujer. Los comentarios que se pueden leer a día de hoy en los muchos tuits que puso la cuenta oficial de El País con la pieza son, como poco, para hacerte perder la fe en la humanidad. El punto álgido de esta ofensiva reaccionaria en redes alcanzó su cima con un vídeo del youtuber UTBH en el que se hace eco de la pieza, atacando directamente a Alicia.
Como suelo hacer, compartí el artículo en todas mis redes sociales. En los últimos tiempos se ha hablado mucho sobre Twitter: sobre los cambios en la plataforma desde que Elon Musk la compró, sobre sus algoritmos, sobre la necesidad de abandonarla y migrar a espacios que no estén controlados por un fascista declarado. Pero ese debate, por legítimo que sea, a veces encubre una visión algo naif de lo que implica realmente la batalla cultural, que atraviesa todos los espacios.
Lo vi con claridad tras subir la noticia de Alicia a TikTok. Desde ese momento, no dejaron de llegar comentarios fascistas, machistas o directamente franquistas: “Viva Franco”, “Viva Vox” y otras lindezas por el estilo. Borrar esos mensajes no es una cuestión estética, sino una decisión política: mis redes no son un escaparate para normalizar discursos de odio.
Sin embargo, este último mes ha sido caótico por cuestiones de trabajo, y fui dejando pasar el tema. Aunque veía las notificaciones, no encontraba el momento para ponerme a revisar. Hasta que por fin lo hice y descubrí más de mil comentarios acumulados. Fue entonces cuando decidí hacer algo distinto: no solo borrarlos, sino analizarlos. Leerlos detenidamente y convertirlos en punto de partida para pensar qué se está diciendo… y desde dónde.
Porque, más allá de la indignación, muchos de esos mensajes reflejan marcos ideológicos sobre educación profundamente preocupantes. Analizarlos es el objetivo de esta pieza.
Aprovechando mi deformación de investigador cualitativo, he tratado de hacer algunos análisis simples y rápidos, categorizando -es decir, agrupando por unidades de significado- estos comentarios según el tipo de discurso en el que se basan.
En un primer análisis existen, para mí, dos grandes bloques: por un lado, los comentarios más claramente centrados en la exaltación de posturas de extrema derecha y, por otro, el bloque que más me interesa, los comentarios centrados en las cuestiones educativas.
Dentro del primer bloque, nada que, por desgracia, nos sorprenda. Las categorías que he creado para agrupar los comentarios de este bloque son más que conocidas:
La primera de ellas, centrada en lo que yo llamo el discurso del joven reaccionario como héroe. Básicamente, consiste en percibir como figuras heroicas —casi como la última esperanza para restaurar el orden— a los jóvenes que muestran rechazo al feminismo, al progresismo o a la izquierda, en lugar de verlos como reaccionarios, desinformados, etc.: “vamos jóvenes!!!! vais a salvar a España ADELANTEEEE”, “Los alumnos son más normales que los profesores”, “vamos jóvenes sois el futuro…”, …
Este tipo de comentarios son preocupantes porque construyen una narrativa donde el joven de ultraderecha es presentado como el verdadero rebelde, el que lucha contra un sistema corrupto, y esta idea de rebeldía conecta muy bien con la idiosincrasia de la etapa juvenil.
Otra categoría contiene aquellos comentarios que, directamente, hacen una apología explícita de ideologías de extrema derecha.
Para cualquier despistado, este uso no es casual: el término “Charo”, como sabemos, es un término impulsado por VOX y los sectores de extrema derecha para la guerra cultural en España
En este tipo de comentarios, ni siquiera les preocupa camuflarse; directamente se glorifican figuras del franquismo y se legitiman valores autoritarios: “viva franco, pedro Sánchez dimisión ya”, “Viva la derecha y viva Franco”, “VIVA España el Rey el orden y la ley”, …
Una tercera categoría incluye aquellos comentarios que expresan un rechazo visceral al socialismo y al progresismo (entendidos estos de forma muy amplia).
El socialismo no se critica desde el debate racional, sino que se demoniza de forma absoluta, lo cual no deja de recordarme el principio de simplificación y del enemigo único de Goebbels: “Inteligencia mata comunismo”, “Los críos quieren un futuro y ven que el Socialismo es su tumba”, “Menos mal que la juventud ha visto la verdad de toda esta lacra llamada ‘Comunismo’ , “SOCIALCOMUNISMO=FASCISMO”, …
Así, se asocia la izquierda automáticamente con la destrucción, el estancamiento y el fracaso, usando el miedo como principal herramienta de movilización. También un mecanismo muy goebbeliano.
Especialmente llamativa, por la cantidad de comentarios que he encontrado, es la categoría que agrupa aquellos comentarios que hacen uso del término “Charo” y que merece especial atención por su carga ideológica.
En varios comentarios se utiliza “Charo” como un insulto para desacreditar no solo a mujeres feministas de mediana edad, sino a cualquier mujer o figura asociada con posturas progresistas: “Hay que sacar a las Charos de las clases”, “franco es malo dijo la Charo que vive en una casa del yugo y las flechas…”, “Esto lo han cosechado años de charocracia”, …
Para cualquier despistado, este uso no es casual: el término “Charo”, como sabemos, es un término impulsado por VOX y los sectores de extrema derecha para la guerra cultural en España. Simplifica los debates políticos en caricaturas fáciles de odiar, reforzando así el desprecio hacia el feminismo y la izquierda, de forma generalizada.
El segundo bloque agrupa en categorías los diferentes comentarios relacionados con cuestiones puramente educativas, que son las que me interesan.
La primera categoría agrupa a los comentarios centrados en la deslegitimación del profesorado y del sistema educativo.
No estamos, por tanto, ante una crítica educativa en defensa del pensamiento libre, sino ante una ofensiva reaccionaria, cuidadosamente articulada
El profesorado, lejos de ser percibido como una figura de conocimiento crítico, es descrito como parte de una maquinaria de adoctrinamiento ideológico: “Profesores, adoctrinadores al servicio del globalismo”, “Son profesores o adoctrinadores, pero las dos cosas no son coherentes, y si es así, ¿por qué tengo que escuchar solo un lado de la historia y no las dos para poder juzgar yo y no que me la impongan?”, “¿pero cómo que los profesores luchan contra los alumnos????? ¿quién son ellos para decir a nadie lo que tienen que pensar? FUERA PRO–FES RO–JOS Y ADOCTRINADORES”, … De esa forma se articula la idea de que los docentes son poco menos que enemigos del libre pensamiento, responsables de imponer ideologías ajenas a los intereses de la juventud.
Muy relacionada con esto, pero que he agrupado en otra categoría porque me parece que contiene matices diferentes, es aquella con comentarios centrados en la idea de que la educación debe ser neutral, y si no lo es, el profesorado está adoctrinando. Una idea peligrosa, precisamente por su capacidad para instalarse en el sentido común: “Los profesores deben enseñar matemáticas, lengua, sociales, etc. No tienen que discutir de política con los alumnos. Está prohibido porque los profesores no están para eso”, “Los profesores deben enseñar desde la neutralidad, basta ya!! ¡¡Dejen a los niños en PAZ!!!!”, “Los profesores deben enseñar toda la historia, toda, sin sesgos políticos o partidistas, sin adoctrinar, y dar las herramientas para que los alumnos sean lo que ellos quieran, no lo que los demás quieren”, “Los profesores deben enseñar, no adoctrinar. SÁNCHEZ DIMISIÓN”, “En el colegio, que dejen también de lado el adoctrinamiento de la extrema izquierda, wokismo, sexualización de menores, ideología de género, anticristianismo y pro Islam, etc.”, …
Esta apelación a la neutralidad resulta especialmente peligrosa porque parte de una premisa falsa (aunque muy pegadiza): que la educación puede ser neutral, objetiva, aséptica. Pese a que es un lugar común lo que ya señaló Freire (1975): que toda educación es un acto político. Por eso, estos discursos que apelan a la supuesta “neutralidad educativa” no buscan realmente garantizar la libertad de pensamiento, sino desactivar la educación en determinados sentidos: los derechos humanos, la igualdad, el feminismo, el antirracismo, el antifascismo… abriendo la puerta, en su lugar, a ideologías autoritarias que se presentan bajo el disfraz de imparcialidad. Se trata, en realidad, de discursos profundamente politizados que se disfrazan de odas a la neutralidad.
Lejos de ser expresiones espontáneas o aisladas -recordemos el PIN parental-, estos discursos responden a una lógica clara y coherente: reapropiarse de valores tradicionalmente democráticos, como la libertad, el pensamiento crítico o la rebeldía, para promover y legitimar posturas autoritarias y excluyentes. Se aprovechan términos democráticos del lenguaje para desplazar los límites de lo socialmente aceptable -la famosa ventana de Overton- hacia posiciones cada vez más reaccionarias.
No estamos, por tanto, ante una crítica educativa en defensa del pensamiento libre, sino ante una ofensiva reaccionaria, cuidadosamente articulada y peligrosamente atractiva para una parte del alumnado, y que pone al profesorado en la tesitura de pensarse muy detenidamente qué temas abordar en clase por miedo a las reacciones.
Si bien resulta interesante analizar por qué el profesorado no es, ni puede, ni debe ser un transmisor neutral de información, creo que es aún más urgente entender cómo hemos llegado a este punto.
Como explicaba en otro texto para este mismo diario, los marcos que sostienen la idea de “neutralidad educativa”, o lo que yo llamo la visión del conocimiento escaparate, que concibe al profesorado como una figura que expone todos los saberes sin posicionarse, para que el alumnado elija entre ellos como si estuviera ante un expositor, siempre han estado ahí. Han sido utilizados durante mucho tiempo por la política de diferentes signos, incluida la izquierda. Por eso, cuando hoy intentamos cuestionarlos, nos encontramos con que son marcos profundamente arraigados y asentados.
Así como Feierstein (2019) utilizaba la metáfora de que todos llevamos un “enano fascista dentro” -porque estamos profundamente familiarizados con los significados y valores de derechas-, podríamos decir que todos y todas llevamos también un profesor escaparate dentro: esa figura que aparenta imparcialidad mientras reproduce, sin cuestionarlos, los marcos dominantes. De ahí la urgencia, como planteaba en otro texto, de que los partidos de izquierdas impulsen políticas educativas auténticamente de izquierdas.
La primera de las cuestiones que, a mi juicio, más han influido en la construcción de la idea de una educación neutral es bastante evidente y no requiere demasiada profundización: la proliferación de la educación concertada y privada. Dado su vínculo con ideologías y dogmas religiosos concretos en muchos casos, estas instituciones han fomentado esta noción de neutralidad como estrategia para legitimar la presencia de sus propias ideas en el “escaparate”, presentándolas como una opción más entre otras, aparentemente elegibles en libertad.
Este marco ha sido amplificado también por las universidades privadas, expendedoras de títulos, especialmente en lo que respecta al máster de profesorado. Lejos de profundizar con rigor en cuestiones clave como el papel político del profesorado o el mito de la neutralidad, se han limitado a ofrecer temarios estandarizados y exámenes tipo test, pensados para obtener lo más fácilmente posible un título habilitante.
Por el contrario, el adoctrinamiento ocurre cuando la escuela o el sistema educativo transmite valores, conocimientos y formas de ver el mundo como si fueran neutrales, universales e incuestionables
La segunda, y más interesante a mi juicio, es, sin duda, la labor de tecnificación de la educación que se ha realizado a nivel legal en todos los gobiernos que hemos tenido en democracia a través de lo que yo llamo “ingeniería curricular” -y que recientemente, con las competencias, ha alcanzado su punto más álgido-, y que podríamos definir como el conjunto de decisiones técnico-administrativas impulsadas desde la política educativa que, bajo una apariencia de neutralidad y precisión, pretenden regular exhaustivamente el qué, el cómo y el cuándo de la educación, mediante el diseño de estructuras curriculares cerradas, lenguajes estandarizados y protocolos burocráticos. Este enfoque sitúa al profesorado en lo que Trillo (1994, pp. 70-71) denomina “estilo técnico”, y que define resumidamente así:
“Al técnico le preocupa el cómo: cómo hacer lo que le dicen que haga. El qué hacer no es cosa suya, le viene dado […] El técnico es, por lo tanto, muy jerárquico, y asume sin cuestionar su condición: la más baja, según él (o ella), en el organigrama de cuantos tienen que ver con el currículum. Reproduce así, sin saberlo, la clásica división entre lo intelectual y lo manual (que supondría aquí la puesta en práctica). En el reconocimiento de que «es un mandado», hay cierta resignación, pero también cierto alivio; la responsabilidad no es suya: «Que hagan bien las cosas» los otros…”
Desplaza el foco de la reflexión pedagógica profunda hacia el cumplimiento mecánico de prescripciones externas, reduciendo al profesorado a un ejecutor técnico de objetivos definidos por otros.
Lejos de transformar las prácticas, la ingeniería curricular produce una ilusión de cambio que, en realidad, refuerza el inmovilismo del sistema educativo. Pero lo verdaderamente preocupante, a mi juicio, es que crea una fractura entre los medios y los fines educativos (política), alejando al profesorado de los propósitos ético-políticos que deberían guiar su labor. Esta desconexión refuerza lo que Contreras denomina la proletarización del profesorado: la pérdida de autonomía, de responsabilidad intelectual y de implicación en la construcción del sentido educativo, reduciendo su rol a la mera ejecución de tareas impuestas. Cosa que es incompatible con la pedagogía crítica y con la figura del profesor como intelectual, comprometido con lo político, que reclaman Giroux.
Decía Hannah Arendt que educar es influir; es el sentido, la finalidad de esa influencia, por lo tanto, si va encaminada a la emancipación de los sujetos o su opresión, la que determina si es educación o adoctrinamiento. Así, cualquier ley educativa contiene todas las influencias que, como sociedad, queremos que formen parte de nuestros ciudadanos y ciudadanas: no, no es lo mismo influir para crear una sociedad más igualitaria, más feminista, que hacerlo para tener una más autoritaria o más machista.
Para entender esta diferencia entre educación y adoctrinamiento, es muy ilustrativa la obra de Apple (1997), Ideología y currículum.
En la línea de lo que decía sobre “el sentido de la influencia”, Apple (1997) explica que la educación debe ser un proceso crítico y reflexivo que permita a los estudiantes comprender su mundo, cuestionarlo y transformarlo. Esto es lo que Pérez Gómez (1992) llama pasar de la personalidad heredada (por la socialización de donde nacemos) a la personalidad elegida (a través del análisis crítico de nuestra socialización). Implica el desarrollo de la conciencia crítica, la capacidad de analizar las estructuras sociales, económicas y culturales que configuran nuestras vidas, y de imaginar alternativas.
Es por eso necesario partir de preguntas éticas y políticas: ¿a quién sirve el conocimiento que enseñamos?, ¿qué valores estamos promoviendo?, ¿estamos formando ciudadanos críticos o simplemente engranajes obedientes del sistema?
Por el contrario, el adoctrinamiento ocurre cuando la escuela o el sistema educativo transmite valores, conocimientos y formas de ver el mundo como si fueran neutrales, universales e incuestionables. Adoctrinar, en este sentido, significa ocultar que el conocimiento que se enseña ha sido previamente seleccionado, estructurado y presentado desde una determinada posición ideológica, muchas veces con el fin de legitimar y reproducir el orden social existente. Ya abordé en otro texto de este mismo diario cómo la cultura escolar privilegia determinadas formas de hacer, de pensar y de relacionarse, transformando la escuela en una maquinaria de reproducción hegemónica, donde lo que parece neutral o técnico es, en realidad, profundamente político.
En un contexto donde la extrema derecha intenta reapropiarse del discurso educativo bajo el disfraz de una supuesta neutralidad, resulta más urgente que nunca recuperar el sentido político de la educación como herramienta de transformación social
Esta sensación de neutralidad, según Apple, es el auténtico problema, ya que permite que la escuela adoctrine sin que los propios educadores lo adviertan, debido a que han internalizado una visión del mundo como natural, de sentido común, sin cuestionar su origen social, político y económico.
Por lo tanto, la idea de que el profesorado debe abstenerse de abordar temas políticos y limitarse a “impartir conocimientos” constituye una forma encubierta de adoctrinamiento, no de neutralidad. Lo que comúnmente se entiende por conocimiento puro, contenido académico o verdades universales ya ha sido previamente seleccionado desde una determinada perspectiva social, cultural, de clase, de género y racial. Como afirma Gimeno (2015), todo currículo es una construcción ideológica, y lo que se enseña -y lo que se omite- refleja intereses y visiones del mundo concretas.
Por todo esto, la educación no puede ser apolítica. Puede ser acríticamente funcional al poder o conscientemente comprometida con la justicia social. Y si los docentes no abordan las dimensiones políticas del conocimiento, no están siendo neutrales, sino cómplices de un orden desigual.
Me gustaría saber qué dirán las futuras investigaciones del papel de la educación en esta época de derechización del mundo.
En un contexto donde la extrema derecha intenta reapropiarse del discurso educativo bajo el disfraz de una supuesta neutralidad, resulta más urgente que nunca recuperar el sentido político de la educación como herramienta de transformación social. No podemos ceder terreno por miedo al conflicto ni resignarnos a una práctica docente descafeinada, aséptica o complaciente. La batalla cultural no se libra esquivando los debates incómodos, sino enfrentándolos con compromiso, con rigor y con una pedagogía que sepa nombrar las desigualdades y abrir horizontes de posibilidad. Porque educar, si ha de ser emancipador, no puede ser neutral.
Fuente: https://www.diario-red.com/opinion/manuel-fernandez-navas/tomar-partido-tambien-es-tomar-partido-educacion-neutral-otros-unicornios/20250512121929047286.html
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